Sobre cerámica y la miserabilidad de adultecer

Posted On 29 marzo 2016

Filed under cerámica, crafts, obsesiones, proyectos

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Hace algunas semanas a mi brazo derecho se le ocurrió que la inmovilidad era la nueva moda en París.

Me comenzó un dolor por la nuca mientras estaba acostada, sunday night, viendo Netflix. Al rato de haberlo detectado me bajó por la espalda y a los pocos minutos el dolor fue insoportable: no sentía el brazo, sentía un hormigueo por los dedos y no podía mover nada. Desde los headquarters de mi cuerpo mandaba la orden de movimiento y nada se movía.

Sobra recalcar enérgicamente que estuvo de la verga.

Al principio todo lo manejé con sobriedad, clase y distinción: Querida madre, ¿serías tan amable de llevarme al hospital más cercano? No quisiera molestarte, pero no puedo conducir, no puedo cargar mi bolso, vaya, que no puedo ni limpiarme la cola si hay que cagar, para que me entiendas.

Después un doctor dice palabras como: hernia cervical, incapacidad, inmovilidad.

Por un momento mi pensamiento fue “Neeeeeh, ni de pedo”, pero al poco tiempo pierdes la razón, te pasan millones de cosas por la mente, posibilidades fatales, pesimismo, porque el miedo es así, lo consume todo; el miedo tiene un poder colosal sobre todas las cosas que hacemos y nomás nos rendimos ante él porque es fácil.

Tercer acto: La morra llorando porque nunca va a volver a hacer yoga, porque se requiere una operación, porque estaba tejiendo unas calcetas y ya las va a dejar a la mitad, porque no tiene dinero, porque tenía otros planes para la vida, porque chingado…

Total, después de exámenes médicos y de rayos equis, el encore de esta obra de la dramaturgia clásica culmina en que la morra sólo tenía estrés.

Estudios arrojaron que nada, que “ándele, quién le manda”, que “a ver si empiezas a comer mejor”, que “es que te duermes muy tarde” y que “guaraguara”.

Digo guaraguara porque ya estoy bien, recobré la movilidad a los pocos días y ya todo muy mejor… lo importante es que tenemos salud perritos.

However, comencé a poner atención y no te imaginas en las cosas en las que me he estado clavando últimamente: me di cuenta de que no estoy envejeciendo, estoy adulteciendo.

Por primera vez real estoy preocupándome por el futuro (ponga atención aquí que la mujer tiene 33 años, eh, y apenas le va cayendo el veinte), dinero, compromisos, arreglos, negocios… y aquí es donde le paro porque el Universo me mandó un distractor físico, sustancioso y que además es desestresante: estoy haciendo cerámica.

Estoy a nada de ser esa mujer loca, soltera, pobre, con ideas new age, que anda con overoles de mezclilla llenos de arcilla y pintura diciendo por la vida “Deja que fluya”… no me da asco, sólo que no tenía ese plan para mí.

Y la verdad estoy dejando que fluya.

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Descubrí que es más difícil de lo que parece y que hacer cerámica es como existir. Hay que poner intención en las manos para moldear un deseo, no forzarlo, pero guiarlo. Dejar que la pieza tome la forma que le fue encomendada, darle oportunidad de que se asiente y al final aceptar el resultado: una taza media cucha, un plato astillado, un tazón feo.

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Mover un dedo cambia la forma de tu pieza; la presión que pones y en qué parte de la mano la pones cambian la forma de tu pieza; la velocidad del torno cambia la forma de tu pieza; el movimiento de tu manos cambia la forma de tu pieza.

Es fascinante.

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Pintar es otro poco de philosophical bullshit: Nunca sabes de qué color te va a quedar la pieza hasta después de hornear.

Suspenso, intriga y misterio absoluto.

La cerámica se colorea con pigmentos u óxidos, y ninguno se ve en la mesa igual a como se ve sobre una pieza horneada. Un amarillo que ven tus ojos, sobre la cerámica puede verse azul, o un negro que ven tus ojos, después de hornear puede verse del rosa mexicano más brillante.

En resumen: hagas lo que hagas, nunca sabrás cómo va a terminar una pieza.

De aquí viene el respeto por los artesanos, porque no hay libros, sólo la experiencia, sólo equivocándote miles de veces va a hacerte crear algo hermoso.

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Yo no aspiro a tanto, llámame mediocre, porque pienso que al final todo te sirve, todo es funcional, todo está en la casa conteniendo un líquido, adornando un escritorio… y con la práctica te vas haciendo un mejor artesano, poco o poco creando cosas mejores, perfeccionando.

Quise hacer dos joyeros, un diablito y un gatito.

Así se veían recién pintados y antes de hornear.

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Este es el terrorífico resultado:

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Life, yo’all.

Pero hubo éxitos también, cómodequeno.

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Al momento me encuentro obsesionada con materiales, hornos, pinturas y piezas por hacer; algunos los ven idiota, íntimamente yo sigo soñando el sueño de que algo creativo, y no una oficina, me permita sobrevivir el resto de mis días. Intentar no hace daño.

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One Response to “Sobre cerámica y la miserabilidad de adultecer”

  1. TEUFEL O ROOSTER

    idolaza usted flaka por que no se raja ademas de que no esta sola si pues seguid escribiendo para seguirle aprendiendo ANIMO,SALUD Y NAMASTE
    TE SEA LEVE

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