Defensa de un corrido norteño o “Que chinguen a su madre los cabrones de este mundo”

Hace un par de semanas me obsesioné… otra vez, para variar. Esta vez, mi obsesión se llama Los Cadetes de Linares… o más bien, un corrido, en particular, de Los Cadetes de Linares.

Los Cadetes de Linares

Ningún regiomontano puede negar, con todo su hocico retacado de carne asada y su panza atascada de Tecate roja, que no ha escuchado en su vida un corrido de Los Cadetes de Linares.

A estas alturas, que ninguno venga a persignarse con que sólo escucha la música que escucha porque la letra de un corrido de los Cadetes viene tatuada en la nalga de la vaca que nos tragamos cada pinche reunión familiar y borrachera en Nuevo León. Sí, señor.

Los corridos a todos nos los metieron a la fuerza por las orejas y la verdad es que no podemos no ponerles atención: ahí está la sabiduría de nuestro pueblo norteño, en ellos se contienen la vergüenza y el orgullo de los nuevoleoneses.

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De aquí somos, ni modo, esta es la cruz de tu parroquia, así que vamos por partes y vamos a quitarnos los prejuicios musicales, vamos a deshacernos de las capas de esta cebolla que juzgaba a los botudos y asombrerados que llegaban en una Lobo Ford al Rodeo Zuazua o a los rancheros que en las cantinas nomás están en el duroydale con el Viejo Paulino.

Vamos a ubicarnos y a asumirnos como lo que somos: habitantes del norte de México.

Después vamos discernir individualmente para nuestros adentros (cada quién su propio ‘adentro’) qué es lo que hace bueno o malo a un corrido.

Los Cadetes de Linares

Desde aquí todos coincidiremos en que Los Cadetes de Linares son la crema y nata de la música norteña, para donde le busques, ellos son la crème de la crème del corrido. A su voz principal, el Señor Homero Guerrero, un día le salió está voz aguardentosa, se dispuso a arrastrar un poquito las palabras y a entonarse en idioma norteño, y valió madre porque cambió nuestras niñeceseses (sic), qué digo, nuestra puta vida, porque que tire la primera piedra el que nunca se ha echado unas cheves escuchando a los Cadetes… Y si realmente nunca te has puesto pedo escuchando a los Cadetes, entonces discúlpate y vete, eres una deshonra para el Cerro de la Silla.

Alomejor se va a escuchar bien mamón, pero es que yo viajando me di cuenta de lo ricos que somos en tradiciones y cotorreos culturales; desde París me hice fan de Ramón Ayala, en España supe apreciar a José Alfredo… son esas cosas que comprendes cuando ves a tu país desde afuera.

Pero, bueno, volviendo a lo que nos truje, aquí vengo a apelar por el corrido de Las Tres Mujeres.

 

 

Para empezar, el corrido no está en Spotify, supongo que es demasiado underground; Spotify tampoco tiene ni una rola de Nargaroth, ni de Ordo Funebris, así que queridos amigos puristas musicales, amantes de lo true y lo beautiful, y compañeros hipsters: este corrido es una absoluta joya.

Si lo analizamos literariamente, tiene de todo: terror, intriga, engaño, arrepentimiento… musicalmente, el acordeón tiene un sello distintivo, y además cumple con los parámetros del género: desarrolla una anécdota, rima y cada verso mide ocho sílabas.

 

Por ahí dice una leyenda que en el rancho de Canales

se aparecen tres mujeres que en vida fueron rivales

se dieron de puñaladas, allá entre los mezquitales.

 

A mí, la neta, es que se me hace bien pendejo el plot de que tres mujeres, cegadas por celos, se agarren a filerazos por un cabrón… habiendo tantos en este mundo, muchachas!

Pero bueno, vamos a poner que este corrido fue compuesto en los años 40’s por un señor que se llama Ramiro Cavazos, quien nació en Los Ramones, Nuevo León, y quien trae un background ranchero. Ahí dices, okey, en ese entonces (y en la actualidad) no hay mucho con qué distraerse en Los Ramones, por eso la raza se daba vuelo con casi cualquier cosa.

 

El causante de sus muertes Santos Valdez se llamaba

a las tres, por separado,  les decía que las amaba,

pero a ninguna quería, nada más las engañaba.

 

En este punto quiero apuntar cómo ha evolucionado el papel del hombre cabrón en nuestra sociedad mexicana.

El vato, casual, se cotorreaba con tres morras al mismo tiempo, todo el mundo lo sabía (este es el génesis del corrido) y no había pedo. Aquí me cala mucho (y muy personalmente) la exaltación de la esencia del cabrón. Vato, felicidades, bravo (aplausos), eres un cabrón, un pinche cuasi-hombre, una pinche basura humana, una lacra de género, una mierda de persona: ¡Vamos a componerte un corrido! Vamos a inmortalizar a Santos Valdez con el rostro de cientos y cientos de hombres que tienen un pene en el hueco donde debería ir un cerebro. ¡Bravo!

 

Lucita era de La Posta; de Charco Azul, María Inés;

Esthela era de Reynosa, la más brava de las tres,

decía: “Yo pierdo la vida, antes que a Santos Valdez”.

 

Mi investigación exhaustiva me llevó a descubrir que existe un ejido en Juárez, Nuevo León, que se llama La Posta (con nueve habitantes, un hecho verídico) y otro de nombre Charco Azul (este con 200 habitantes). Sin embargo, el hecho de que Esthela era de Reynosa me hizo investigar más para el lado de Tamaulipas y, en efecto, ambos lugares también existen en el vecino Estado. Resulta que el compositor, Ramiro Cavazos, nació en Nuevo León, pero vivió en la frontera de Reynosa (de hecho, creo que vive o vivía en Mc Allen), entonces yo creo que estamos hablando de tres mujeres tamaulipecas aquí.

Esta estrofa se lleva el verso más bonito del corrido “Esthela era de Reynosa, la más brava de las tres, decía: “Yo pierdo la vida, antes que a Santos Valdez”.

Creo que el machismo con el que crecí me hace pensar en Esthela como una amazona, una viejota con más huevos que Santos Valdez, enamorada, feroz, una morra de convicción que pensaba (esto quizá pueda ser una proyección, me deslindo de mi inconsciente) que hay que ponerse la camiseta del amor y decir: “Este es mi vato, en el amor por él me defino”. Una chulada de mujer.

Sin embargo, es una verdadera lástima que Esthela haya apostado su vida por un pendejo. Aplique aquí el concepto popular que dice “Te quedó grande la yegua y a mi me faltó jinete”.

Pero sobre todas las cosas del corrido, hay que señalar algo: Ni Lucita, ni María Inés, ni Esthela tienen apellidos, pero Santos es EL SEÑOR SANTOS VALDEZ. O sea, no nos importa quién vergas sea Lucita, quien para colmo ni siquiera le pudieron dejar el orgullo de ser Luz o Lucía… vaya, es una Lucita cualquiera, una morra más de las que el pendejo de Santos Valdez se cotorreó, vale madre. Aquí estamos hablando de las hazañas grandiosas del Señor Santos Valdez, compermisito, vamos a aplaudirle su cabronez.

 

Dicen que en Laguna Seca cuando la gente pasaba

se oían gritos de mujeres cuando ya el sol se ocultaba

eran aquellas valientes que ya de muertas penaban.

 

La versatilidad del corrido nos ofrece terror. Qué chulada.

 

Santos Valdez fue a sus tumbas para pedirles perdón,

rezaba sus oraciones con todo su corazón

y quién había de pensarlo que allá murió en el panteón.

 

En disertar sobre el arrepentimiento de un cabrón se me va el post entero, así que aquí le voy a parar.

 

Quiero cerrar este análisis con mi pronunciamiento a favor de toda la música popular y con una propuesta para reivindicar el corrido norteño.

Yo sé que los tiempos definen a la música, pero ahorita se habla de puras pendejadas en los corridos. Hay muchos corridos ‘de los de antes’, de los Montañeces del Álamo, de Ramón Ayala, de Carlos y José, de Luis y Julián, de los Invasores, que son joyas norestenses.

Sí, antes también había narcos, celos, asesinos e invictos, pero siento que antes había una raíz que no se soltaba del pueblo y el pueblo significaba familia, honor y tradición. Supongo que con la urbanización hoy es más difícil componer algo sustancioso y tradicional. Es triste, pero pasa en todos los géneros musicales.

En fin… brindo por Los Cadetes de Linares, que a todos los regios nos dieron identidad musical!

Brindo por Lucita, María Inés y Esthela, que su compromiso con su corazón sea eterno a través de este corrido y que chingue a su madre Santos Valdez!

Ojalá que en el más allá las tres mujeres le estén poniendo una madriza.

¡Salú!

Sergei ‘El Bailador’ Prokofiev

Como yo creo en que nada es una coincidencia, una mañana el Universo me agarró de los pelos y me aventó a un cuarto donde sólo estaba la obra de Sergei Prokofiev, compositor y pianista de otros tiempos (¡Qué importan cuáles tiempos!).

Ahí me puso frente a frente con una pieza que se llama “Montagues and Capulets”, conocida por “The dance of the knights”, compuesta para una obra de ballet sobre Romeo y Julieta en 1935 (Estamos hablando que en 1935 mi abuela tenía 15 años, por ponerte un ejemplo; o sea, hace poco, es una pieza chavita).

En realidad estaba buscando el “Fortune Plango Vulnera” de Karl Orff en su Carmina Burana y encontré un disco que se llama “150 minutes of dark classical music”; muy bueno, aunque obviamente 150 minutos no son nada para contener tooodas las obras maestras oscuras de la música clásica. La intención es buena y el disco trae muchas piezas grandiosas que te vuelven loco y te hacen cuestionar “¿Qué putas estaba pensando Beethoven cuando escribió la Apassionata? No jodas, pinche Ludwig, con esos sustos” (Por cierto que Verdi también era un pinche freak, ve a ver lo que tiene, pinche loco).

Total que, volviendo a lo que nos atañe, descubrí al Señor Prokofiev: un amor de pelado.

Sergei Prokofiev

La “Montagues and Capulets” me robó todo lo que me quedaba de sanidad, es una melodía que me taladró la cabeza durante meses. La escuchaba en el silencio, la soñaba, la tarareaba todo el tiempo…

Descubrí que Prokofiev, o Sergei, o bueno, Sergio el bailador, pa’ la raza, compuso una versión de esta pieza para piano, pero ni se molesten en buscarla, la mejor es la versión para orquesta, es un chingazo en el hocico.

Cuando la escucho tengo espasmos y ansiedad en la punta de los dedos, me dan ganas de cerrar los ojos y temblar para causar el intrincamiento de mis músculos. Si la pongo a volúmenes estratosféricos es la muerte.

Bueno, mi obsesión con esta pieza era tanta que dejé de escucharla, me impuse un veto porque sabía que si seguía escuchándola tanto e indultándome secretamente acabaría por chotearla en mi ser, mi espíritu se aburriría de tanto Prokofiev y pa’ pronto la aborrecería.

Suelo aplicar este método para la música que me gusta un chingo y es doloroso, masoquista, horrible. No poder escuchar una canción que te gusta tanto porque tú mismo te lo prohíbes es inhumano, es cruel, vamos, que es una tortura medieval, es muy difícil de sobrellevar.

Mi método es poner la rola en una lista con muchas otras rolas y ponerle en modo Shuffle.  El Shuffle se encarga de tocar lo que le da la gana y yo tengo fe en que el Universo moverá sus hilos invisibles para que un día, cuando menos me lo espere, ponga “Montagues and Capulets” sin que yo le haya puesto ‘play’ con la intención de masturbar mi oído un rato.

Tú déjaselo todo al Universo.

Total que pasan las semanas y mi lista (que es considerablemente larga) no toca  “Montagues and Capulets”… yo me vuelvo loca esperando, deseándola, pidiéndole al Destino que intervenga en mi Spotify, pero no da señales de Sergio el bailador.

Hoy me doy por vencida y aprovecho que es viernes para darme.

Y claro, darles a ustedes también.

Con un placer enfermizo, les presento  “Montagues and Capulets”:

 

 

Si no sientes escalofríos estás destinado a morir lentamente por pinche insensible. Bye.

Un sueño de Enrique Morente

Posted On 1 febrero 2014

Filed under admiradora, flamenco, horror, música, sueños

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Esta era una habitación pintada de azul eléctrico con algunas ventanas amplias y sin cortinas que dan a una playa que no se ve desde aquí adentro. Hay un piano viejo que emite algunas notas en el silencio ronco de la frecuencia de las olas del mar, y sentado frente al piano está Enrique Morente.

En cuanto lo veo se me encienden los ojos, siento un fuego incontenible de querer ir a abrazarlo con las llamas, de preguntarle cómo, por qué, dónde, cuándo, todo. Y voy, porque así son las oportunidades, un caminito invisible que nos lleva a actuar por impulso, pero ya ciegos, seguros de que el resultado va a ser bueno.

Le digo que qué hace aquí, que por qué no hay nadie conversando con él, que ‘mucho gusto, soy mexicana’. Él dice que qué bonito acento tengo, que no suena a mexicano. Entonces con más orgullo golpeo mis frases, porque soy regia, “Soy del norte, Señor Morente”.

‘Ah’s y ‘Oh’s, y ‘fíjate, qué interesante’.

Sí.

Me pide que me siente a su lado, que vamos a cantar. Se pone frente al piano, empieza a tocar algo que le dictan sus dedos, algo que no está inventado todavía. Me dice “Toma esto, te va a ayudar”, y en mi mano pone un mango, una fruta amarilla y negra, porque el mango está cubierto por cabello, pedazos de cabello como de una peluca mal hecha o un animal de rincones.

En mi mente me muero de asco porque los mangos me dan repulsión, y éste con cabellos largos púbicos me causa una arcada instantánea.

Pero Morente se arranca tocando el piano como los grandes, aplastando las teclas fuerte y su sonido ya rebasa a las olas del mar; poseído por el arte cierra los ojos y yo me doy cuenta de que estoy frente a un semidios, una leyenda viviente. El alma se me llena de lágrimas porque hasta en mis sueños yo ya sé que éste está muerto, que estoy sentada al piano junto a un fantasma, un holograma romántico que canta jondo.

 

Morente toca un fandango y pronuncia fuerte y rajado:

“Se estudia y se aprende bien lo más difícil del mundo,

se estudia y se aprende bien.

Me puse a estudiar tu cariño y no lo pude comprender

por eso sufro y lloro como un niño”.

 

Quise tirarme al suelo y echarme a llorar en su regazo, pero pronto era mi turno de cantar, me lo dijo con los ojos.

El mango en la mano, con todo y sus pelos, se suponía que era el amuleto para cantar bonito, para invocar un fandango sentido que acompañara al del maestro.

Muchas coplas desfilaron por mi mente y elegí la mía, pero cuando abrí la boca el mango se comenzó a mover en mi mano. Se movía y sus cabellos espantosos me hacían cosquillas repulsivas en la palma, volteé a verlo y el mango estaba en plena mutación, se movía como si tuviera un feto dentro y entonces se le formaron unos brazos y unas piernas.

Solté la fruta-hombre en plena transformación y cayó al suelo haciendo el ruido seco y viscoso de la fruta cuando se cae del árbol. El sonido de su caída retumbó sobre el piano y el mar y yo lo hice inmenso en mi mente, como de carne golpeada, como de suicida, como de puerco muerto, como de nalga. Horrible.

En el suelo seguí con horror la deformación del mango, su cambio hormonal de fruta a monstruillo, mientras Enrique me veía como si fuera una asesina.

‘Lo siento, Enrique, es que el mango está vivo, ¿qué hago?, perdóname’.

Al mango le crecieron pies, manos y una cabeza, su piel amarilla se magulló con la caída, pero eso no impidió que siguiera moviéndose, como naciendo. La criatura se quedó en el piso, revolcándose, intentando crearse un rostro, pero no lo logró. Sus pelos se convirtieron en raíces secas y el olor era insoportable. Las moscas lo llenaron y Enrique y yo sólo nos quedamos mirando.

 

La Lupi en Monterrey

Tengo algunos años bailando flamenco, no estoy segura de cuántos, creo que 8 o 7. Me he repartido esos años en tres academias, casi siempre siguiendo a maestros a quienes quiero aprenderles algo de técnica o coreografía.

Hace un par de semanas terminé mi año ‘escolar’ en la Academia de Danza Flamenca de Sabás Santos, un artista al que admiro y le tengo mucho cariño.

Fitting flamenco outfit

Generalmente, en las academias, se enseña técnica de pies y de brazos, y una coreografía por curso, este año aprendí una Rondeña, que es un palo flamenco (dígase un ritmo o género de los muchos que hay dentro del flamenco).

Ensayo general Ensayo general

El cierre de cursos se hizo con un espectáculo flamenco en el Teatro de la UANL, el pasado 23 de junio.

Sabás Santos

Ensayo general en el Teatro de la UANL Backstage Backstage

Fotografía de Manana An Fotografía de Manana An Fotografía de Raúl González Fotografía de Raúl González

Debo admitir que me sentí muy satisfecha de terminar mi año flamenco tomando mi primera clase para bailaores avanzados, con gente que tiene más de 10 o 15 años bailando; con gente a la que le aprendes, aunque sean alumnos igual que tú. Fue gratificante.

Raúl y Lix, se quieren y son novios Ilsa, Carlos, Susana, Manana y Oscar, a family portrait Mi Marcia y yo Alma, Andrea, Marcia, Elena, Lix y Malú.

Pero la historia feliz tiene un turn dramático, horrible y bello, algo así como una película de Disney para adolescentes.

Días después de terminar mi curso anual, me enteré que el Festival de Arte Flamenco Monterrey traía a la Ciudad a Susana Lupiañez, also known as La Lupi, bailaora profesional y diosa de la cumbia andaluza.

Mi mundo se sumió en una felicidad que no cabía en el cuerpo, un contentismo bailarín lleno de sueños dorados que sólo sueñan los fans cuando calibran la posibilidad de conocer a su ídolo. ¡Qué bueno que existan los ídolos, los mitos inalcanzables, las leyendas vivas que nos hacen siempre ser mejores!

Sobra decir que yo ya conocía desde hace tiempo el trabajo de la Lupi, la vi bailar con Miguel Poveda en Las Ventas, le vi mover los brazos como olas de mar tranquilo, ya conocía su arrebato y su duende añejo, no como las bailaoras jóvenes que mezclan la danza contemporánea y un poquito de desgarre andaluz. No. La Lupi es añejería, es gitana gorda (no que ella esté gorda, sino su baile lleno de energía gorda), es abuela andaluza con delantal bailando por bulería en medio del patio, es una admiración viva a las flamencas de antaño.

Sin dudar desembolsé mucho o poco (porque todo siempre depende del cristal en que se mire) para pagar un curso con ella, de dos horas al día durante cinco días. Diez horas de verla nomás, no me importaban los temas que tocara su curso, ni el tiempo, ni que las clases fueran para flamencos avanzados, sólo me importaba verla, así de cerquita, verle hacer flores y zapatear su zapato flamenco traído de Andalucía: Agh, muero.

Calentando antes de clase

Así me llegó un 2 de julio, en el Centro de Arte Flamenco, en San Pedro, cuando entré al estudio y la vi ahí paradilla, chiquitita, petite, diciendo “Pero, mujé, passen, passen, buenos días!”. Morí un poquito cuando me saludó.

Hace mucho tiempo que no recordaba estar tan nerviosa.

La clase comenzó con unas 20 alumnas y de inmediato se me terminó la luna de miel. Todo era muy difícil para mí, me sentía un costal bailando frente al espejo, un espantapájaros moviendo los brazos sin orden, horrible, un desastre.

La Lupi, apasionada, gitana y gritona, me intimidó muchísimo, no logré hacer nada bien y cuando terminó la clase me fui de ahí arrastrando mi optimismo.

A la verga todo, pensé, no sé nada. Todos estos 8 años pensando que bailo flamenco fueron una farsa, ni una clase que había tomado en la vida me había hecho sentir tan mal y comencé a dudar de mi habilidad/amor por y en el flamenco.

Al día siguiente fue peor, quizá lloré en el carro de vuelta a casa. Pensé en abandonar el curso porque era lo mejor para el grupo, La Lupi no tendría que detenerse a explicármelo todo en cámara lenta para que lo entendiera, y las demás chicas quizá podrían avanzar más sin mí.

Una conversación con mi novio guapo y no flamenco, me devolvió a poner pies en la tierra y al día siguiente me presenté con nuevos, igual de jodidos, pero nuevos, bríos.

Me dije: Mira, Liz, ya sabías que la Lupi era grandes ligas, en el fondo sabías que ni de pedo ibas a poder realizarlo todo y menos en dos días de clase. So, losen up, tight bitch, y ve a hacer lo que puedas.

Y créanlo o no, el tercer día me fue mejor. El cuarto me volvió a ir de la patada, pero ya no tan mal como el primer día, ya no le tenía tanto miedo a la Lupi y ahora sí me dediqué a preguntar un chingo y a corregir muchos vicios en posturas y en el flujo del baile.

La Lupi puso coreografía de Soleá por bulería y cuando me relajé lo empecé a disfrutar, me sentí más cómoda incluso al equivocarme, porque la Lupi es tan buena maestra, tan dedicada y tan ojo de águila, que hasta de lejos a tres mil kilómetros de distancia te detecta un error y te exige lo que ella ya sabe que puedes dar. Es la mejor, la adoro.

Fin de curso con La Lupi en el Centro de Arte Flamenco

Terminé bailando la pinche Soleá, con algunos espasmos, pero bailándola completita. Mi objetivo personal del curso no era aprenderme toda la coreografía (es imposible para mí, todavía, aprenderme una coreografía completa en 10 horas, lo siento, no puedo), sino robarle a la Lupi todo lo que supiera para mejorar el movimiento de cuerpo y que no se viera moderno o como posturas de ballet, sino agarrarle ese pellizco gitano, ese impulso de sentir el flamenco en los chakras, como dice ella.

Siempre busca la esencia, digo yo.

Al final del curso le confesé mi miedo y mi amor, le expliqué que ella para mí es lo que Paco de Lucía a un guitarrista: Dios.

Que le aprendí montones, que la admiro, que qué bueno que existe en este mundo. Y ella me regañó, me habló, me dijo cosas, mientras mi corazón se hacía grandote de tanta alegría.

la foto (12)

No terminé bailando hermosamente como otras alumnas, pero me llevé muchísimo de esas 10 horas y estoy sorprendida; me felicito de haber tomado el curso y agradezco que mi Raúl no me haya dejado claudicar.

No entiendo mucho de moralejas todavía por aquí, pero me quedé chida, muy contenta de haber sido bien regañada por la Lupi porque eso quiere decir que me observó y le interesaba corregirme y ya con eso me voy feliz, en paz con el mundo y conmigo.

La Lupi, fotografía de Raúl González

La Lupi, Fotografía de Raúl González

La Lupi, fotografía de Raúl González

La Lupi, fotografía de Raúl González

La Lupi se presentó el sábado 6 de julio en el Teatro de la Ciudad con su espectáculo ‘Yo, conmigo misma’ y el teatro bien relleno. Si no fueron, se lo perdieron por mensos.

¡Qué viva el pinche flamenco!

El taller de Reyes Meza

Posted On 14 febrero 2013

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Por medio de un par de milongas organizadas por unas amigas, conocimos El taller de Reyes Meza, el estudio del pintor tamaulipeco en el que trabajaba mientras vivió en San Pedro, Nuevo León.

José Reyes Meza

Desde la primera vez que lo pisas sabes que es mágico, que ese lugar está como embrujado de creación, puedes sentir que ahí se hacía arte. Se ve que casi todo está como lo dejó antes de fallecer, en el 2011, y da mucho gusto que ahora sus dueñas lo compartan como un espacio artístico, donde se puede organizar casi cualquier evento cultural.

Estudio de Reyes Meza

Les dejo unas fotografías que tomamos Raúl y yo durante la última milonga que estaba dedicada al Día del Amor, de ahí que todos se visitieron de rojo.

 

Los invito a darle like a la Facebook Page del taller y a estar pendientes de las milongas o talleres que se imparten ahí. Vale la pena visitar.

El taller de Reyes Meza

Antes ibas a la pinche muerte

Posted On 8 agosto 2012

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Vine nomás a decir que me duele mucho que se haya ido la Vargas.

 

“Vengo de donde viene mi amigo el viento

traigo aromas de luz que probaron los cerros

y armonías calladas de la noche más bella”

 

 

Y una de mis favoritas, la que quiero bailar llorando el día de mi boda, con el maquillaje corrido de tanto buscar, recostada sobre el hombro vestido de tuxedo de mi hombre.

Dios te bendiga, Chavela, por tanto que me has dado.

 

Hermanas gemelas malvadas separadas al nacer

Posted On 7 diciembre 2011

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Andando por ahí, lejos del blog, claro, para continuar con la tradición del abandonismo (lo siento, de verdad lo siento), me encontré con lo siguiente.

Cooper & Gorfer.

Una fotógrafa y una pintora que juntas hacen un desmadre de obra, una especie de imagen incierta porque uno no sabe si decir si está pintado o fotografiado.

Andaba husmeando, todo muy bonito, sí, órale qué padre, hasta que…

Me vi.

Dije: “What the fuuuuuuck!, esta soy yo!”

Sarah Cooper and Nina Gorfer

Pero, ¿a qué hora?, ¿en qué momento? ¿soy yo?

No… ¿o sí?

Y qué cosa más hermosa encontrarse donde uno no está…

Esta es la segunda vez que me pasa y se siente rarísmo. Una puede decir que tenemos una cara muy común, que podemos parecernos, darnos un aire, figurarnos, pero este tamaño de identiquismo, nunca.

Con el pelerío colgando y una flor en la mano, qué romántica, me morí en Marruecos o en la República de Albania, mordida por una serpiente; la obra se titula “The Snake Bite”.

‘Girls.girls’, por David Nieto

Posted On 21 julio 2011

Filed under admiradora, amigos, arte

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Mi amigo el comic artist e ilustrador David Nieto logró poner en marcha una exposición, y digo logró porque ahora mismo Monterrey sufre del mal del miedo y no existen espacios y mucho menos audiencia para un desplegado artístico.

Anyway, Nieto, a quien le debo mi admiración legit, desarrolló por algunos años una serie de ilustraciones que tituló ‘girls.girls’ y que se expone en el Café Tierra Libre, ahí al ladito de donde era el Clandestino, en Barrio Antiguo.

Hay en display entre 15 o 20 obras de mujeres a la idea pin up que quiero recomendar, porque vale la pena ir a echarles un ojo y tirarse un par de horas en los sillones del café para tomar un smoothie.

Hay una obra que me retrata en la colección, pero no por eso la recomiendo, sino porque es realmente buena y además tenemos que apoyar lo poquito que tiene Monterrey todavía por ofrecer.

Vayan al Tierra Libre, la expo estará todo el mes de Julio, chequen lo que tiene por ahi y denle LIKE a su página en facebook.

 

 

Doctor psiquiatra, ya no me diga tonterías

Okey, un rapidín para informar que mis afectaciones seniles están tomando control sobre mi vida. Sigo coleccionando tubos de cartón de los rollos de papel.

La colección crece y mi locura también, me obsesiona esto. Por ahora los tomo cuando los veo solos en el baño, pero me obsesiona el hecho de que a veces la señora que limpia quita los tubos con una rapidez misteriosa y un rollo de papel nuevo aparece en el baño. En estas ocasiones no alcanzo el tubo, porque obviamente la señora los tira, y temo que ese tubo falte en mi colección.

He pensado en decirle que me los guarde, pero temo también delatar mi locura.

Pero cuando los alcanzo a ver solos en el baño, los tomo y los pongo sobre mi escritorio… ahora mismo ya no caben sobre el escritorio, así que los he quitado con la intención de meterlos a una caja y almacenar cosas inservibles como la anciana que soy. Sí, qué triste es.

Lo peor viene ahora, pérense, que también tengo algunos meses coleccionando las monedas de cinco pesos conmemorativas del bicentenario y el centenario que andan por el mundo.

Más triste aún.

Me la paso checando la feria de todos, para ver si hay alguna moneda que falte en mi colección, quizá Pancho Villa o Josefa Ortíz de Domínguez…

Es tristísimo admitir que me convertiré en esas viejitas que almacenan cosas y tienen ratas viviendo bajo las camas con cajas y cajas de objetos inservibles y artefactos inusuales. Tengo un poco de miedo a ser así, pero realmente no me visualizo de otra manera… tengo el perfil para ser una persona así… así que creo que en el fondo es muy obvio que me dedique a estos menesteres.

¡Nada qué hacer! (más que seguir almacenando) Me pregunto si estaré desarrollando un comportamiento más bien psicolocológico por alguna razón desconocida para mi consciente. ¿Será bueno ver a un doctor?

The stalker hits Austin


Como en el regreso de cada viaje (Dios nos permita siempre regresar), yo sé que estaban esperando la dosis de paparazzi, los retratos a escondidas, el espionaje público-social.

Regocíjense en las caras de extraños y admírenlos cuando caminan por ahí sintiendo que el mundo es sólo de ellos.

Bonitos así, sin saberse fotografiados, naturales, espontáneos, hermosos en su individualidad, grandiosos en sus soledades.

¿Son ellos o soy yo la rara?

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