La distancia entre un sueño y una pesadilla

Posted On 10 marzo 2015

Filed under catársis, sueños

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En un parque de diversiones desierto y oculto entre neblina se yergue una montaña rusa, desvencijada, pero a tecnicolor, brillante y aguda.

Tú y yo ocupamos un carrito, estrecho y cómodo. Compartimos el espacio justo con un rencor profundo que yo siento que emana de mí y tú con una frialdad pétrea; de ti no siento nada más.

En una curva del recorrido veo que los rieles están rotos y digo en voz alta: Esto va mal, va a terminar mal. Vamos a bajarnos.

No, dices tú, baja tú.

Te pido, te ruego que bajes, por favor. Baja.

No.

Mi sueño me arroja al piso, a la tierra, y levanto polvo al caer. Me quedo ahí, sola, observando desde lejos como el carrito se aleja continuando su recorrido suicida.

¿Por qué no bajas?, me pregunto sin que tú puedas oírme porque ya vas lejos allá, en lo alto de la montaña rusa, allá, tocando el cielo.

¿Por qué no bajas, mi amor?

Me levanto, me sacudo el polvo y camino a esperar no sé qué, a esperar adentro de mi corazón o en una banca, al aire libre, porque los carros de la montaña rusa pasan por mí dejando un aironazo, el viento que me revuelve el cabello y me desacomoda la mente.

No entiendo mucho cuando Villarreal se asoma por la puerta de una habitación que flota, ella dice: Lo tienen en aquella sala, está muy mal, el tren de la montaña rusa volcó y cayó desde el pico más alto. Si lo amas, ve con Dios y haz oración.

Confundida y extrañada me dirijo hacia la sala donde Torres me espera enojada, y ella dice: No vale la pena, él no iba solo en esa montaña rusa. No vale la pena que entres ahí, está muy grave.

Asustada me abro camino entre mujeres, muchas mujeres que no conozco y que te llenan te atenciones.

Tú estás en una cama de hospital, entero, pero pálido, vomitando litros y galones de comida podrida, aguada. Tu rostro cambia de colores y vomitas más, a espasmos, y  te detienes para tomar aire como si nadaras en el mar, sólo para volver a vomitar.

La habitación está inundándose de vómito y todas estas mujeres te asisten, te ayudan, pero no hacen nada concreto y van pisando charcos de agua biliosa, pedazos de carne semidigerida, pedazos de pollo crudo que devolviste, trozos sanguinolientos que expulsaste y que todavía se mueven en sus jugos gástricos.

Rápido, pienso, rápido, tú, dame esa cubeta.

Me cuido de no llenarme las botas de vómito y me acerco con la cubeta en la mano.

Aquí, vomita aquí, te digo. ¿Qué pasó? ¿Qué pasó, mi amor? ¿Por qué así? ¿Qué es todo esto? ¿Por qué nos haces esto?

No tengo idea, contestas con restos de comida podrida en la comisura de los labios, no tengo idea.

El vómito no se detiene, yo sé que en cualquier momento vas a devolver las entrañas y retrocedo esperando una erupción, un caudal de podredumbre.

Atrás, atrás, para atrás, vade retro.

.

Sigo sin ver el día en que por fin termine de dolerme.

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