Defensa de un corrido norteño o “Que chinguen a su madre los cabrones de este mundo”

Hace un par de semanas me obsesioné… otra vez, para variar. Esta vez, mi obsesión se llama Los Cadetes de Linares… o más bien, un corrido, en particular, de Los Cadetes de Linares.

Los Cadetes de Linares

Ningún regiomontano puede negar, con todo su hocico retacado de carne asada y su panza atascada de Tecate roja, que no ha escuchado en su vida un corrido de Los Cadetes de Linares.

A estas alturas, que ninguno venga a persignarse con que sólo escucha la música que escucha porque la letra de un corrido de los Cadetes viene tatuada en la nalga de la vaca que nos tragamos cada pinche reunión familiar y borrachera en Nuevo León. Sí, señor.

Los corridos a todos nos los metieron a la fuerza por las orejas y la verdad es que no podemos no ponerles atención: ahí está la sabiduría de nuestro pueblo norteño, en ellos se contienen la vergüenza y el orgullo de los nuevoleoneses.

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De aquí somos, ni modo, esta es la cruz de tu parroquia, así que vamos por partes y vamos a quitarnos los prejuicios musicales, vamos a deshacernos de las capas de esta cebolla que juzgaba a los botudos y asombrerados que llegaban en una Lobo Ford al Rodeo Zuazua o a los rancheros que en las cantinas nomás están en el duroydale con el Viejo Paulino.

Vamos a ubicarnos y a asumirnos como lo que somos: habitantes del norte de México.

Después vamos discernir individualmente para nuestros adentros (cada quién su propio ‘adentro’) qué es lo que hace bueno o malo a un corrido.

Los Cadetes de Linares

Desde aquí todos coincidiremos en que Los Cadetes de Linares son la crema y nata de la música norteña, para donde le busques, ellos son la crème de la crème del corrido. A su voz principal, el Señor Homero Guerrero, un día le salió está voz aguardentosa, se dispuso a arrastrar un poquito las palabras y a entonarse en idioma norteño, y valió madre porque cambió nuestras niñeceseses (sic), qué digo, nuestra puta vida, porque que tire la primera piedra el que nunca se ha echado unas cheves escuchando a los Cadetes… Y si realmente nunca te has puesto pedo escuchando a los Cadetes, entonces discúlpate y vete, eres una deshonra para el Cerro de la Silla.

Alomejor se va a escuchar bien mamón, pero es que yo viajando me di cuenta de lo ricos que somos en tradiciones y cotorreos culturales; desde París me hice fan de Ramón Ayala, en España supe apreciar a José Alfredo… son esas cosas que comprendes cuando ves a tu país desde afuera.

Pero, bueno, volviendo a lo que nos truje, aquí vengo a apelar por el corrido de Las Tres Mujeres.

 

 

Para empezar, el corrido no está en Spotify, supongo que es demasiado underground; Spotify tampoco tiene ni una rola de Nargaroth, ni de Ordo Funebris, así que queridos amigos puristas musicales, amantes de lo true y lo beautiful, y compañeros hipsters: este corrido es una absoluta joya.

Si lo analizamos literariamente, tiene de todo: terror, intriga, engaño, arrepentimiento… musicalmente, el acordeón tiene un sello distintivo, y además cumple con los parámetros del género: desarrolla una anécdota, rima y cada verso mide ocho sílabas.

 

Por ahí dice una leyenda que en el rancho de Canales

se aparecen tres mujeres que en vida fueron rivales

se dieron de puñaladas, allá entre los mezquitales.

 

A mí, la neta, es que se me hace bien pendejo el plot de que tres mujeres, cegadas por celos, se agarren a filerazos por un cabrón… habiendo tantos en este mundo, muchachas!

Pero bueno, vamos a poner que este corrido fue compuesto en los años 40’s por un señor que se llama Ramiro Cavazos, quien nació en Los Ramones, Nuevo León, y quien trae un background ranchero. Ahí dices, okey, en ese entonces (y en la actualidad) no hay mucho con qué distraerse en Los Ramones, por eso la raza se daba vuelo con casi cualquier cosa.

 

El causante de sus muertes Santos Valdez se llamaba

a las tres, por separado,  les decía que las amaba,

pero a ninguna quería, nada más las engañaba.

 

En este punto quiero apuntar cómo ha evolucionado el papel del hombre cabrón en nuestra sociedad mexicana.

El vato, casual, se cotorreaba con tres morras al mismo tiempo, todo el mundo lo sabía (este es el génesis del corrido) y no había pedo. Aquí me cala mucho (y muy personalmente) la exaltación de la esencia del cabrón. Vato, felicidades, bravo (aplausos), eres un cabrón, un pinche cuasi-hombre, una pinche basura humana, una lacra de género, una mierda de persona: ¡Vamos a componerte un corrido! Vamos a inmortalizar a Santos Valdez con el rostro de cientos y cientos de hombres que tienen un pene en el hueco donde debería ir un cerebro. ¡Bravo!

 

Lucita era de La Posta; de Charco Azul, María Inés;

Esthela era de Reynosa, la más brava de las tres,

decía: “Yo pierdo la vida, antes que a Santos Valdez”.

 

Mi investigación exhaustiva me llevó a descubrir que existe un ejido en Juárez, Nuevo León, que se llama La Posta (con nueve habitantes, un hecho verídico) y otro de nombre Charco Azul (este con 200 habitantes). Sin embargo, el hecho de que Esthela era de Reynosa me hizo investigar más para el lado de Tamaulipas y, en efecto, ambos lugares también existen en el vecino Estado. Resulta que el compositor, Ramiro Cavazos, nació en Nuevo León, pero vivió en la frontera de Reynosa (de hecho, creo que vive o vivía en Mc Allen), entonces yo creo que estamos hablando de tres mujeres tamaulipecas aquí.

Esta estrofa se lleva el verso más bonito del corrido “Esthela era de Reynosa, la más brava de las tres, decía: “Yo pierdo la vida, antes que a Santos Valdez”.

Creo que el machismo con el que crecí me hace pensar en Esthela como una amazona, una viejota con más huevos que Santos Valdez, enamorada, feroz, una morra de convicción que pensaba (esto quizá pueda ser una proyección, me deslindo de mi inconsciente) que hay que ponerse la camiseta del amor y decir: “Este es mi vato, en el amor por él me defino”. Una chulada de mujer.

Sin embargo, es una verdadera lástima que Esthela haya apostado su vida por un pendejo. Aplique aquí el concepto popular que dice “Te quedó grande la yegua y a mi me faltó jinete”.

Pero sobre todas las cosas del corrido, hay que señalar algo: Ni Lucita, ni María Inés, ni Esthela tienen apellidos, pero Santos es EL SEÑOR SANTOS VALDEZ. O sea, no nos importa quién vergas sea Lucita, quien para colmo ni siquiera le pudieron dejar el orgullo de ser Luz o Lucía… vaya, es una Lucita cualquiera, una morra más de las que el pendejo de Santos Valdez se cotorreó, vale madre. Aquí estamos hablando de las hazañas grandiosas del Señor Santos Valdez, compermisito, vamos a aplaudirle su cabronez.

 

Dicen que en Laguna Seca cuando la gente pasaba

se oían gritos de mujeres cuando ya el sol se ocultaba

eran aquellas valientes que ya de muertas penaban.

 

La versatilidad del corrido nos ofrece terror. Qué chulada.

 

Santos Valdez fue a sus tumbas para pedirles perdón,

rezaba sus oraciones con todo su corazón

y quién había de pensarlo que allá murió en el panteón.

 

En disertar sobre el arrepentimiento de un cabrón se me va el post entero, así que aquí le voy a parar.

 

Quiero cerrar este análisis con mi pronunciamiento a favor de toda la música popular y con una propuesta para reivindicar el corrido norteño.

Yo sé que los tiempos definen a la música, pero ahorita se habla de puras pendejadas en los corridos. Hay muchos corridos ‘de los de antes’, de los Montañeces del Álamo, de Ramón Ayala, de Carlos y José, de Luis y Julián, de los Invasores, que son joyas norestenses.

Sí, antes también había narcos, celos, asesinos e invictos, pero siento que antes había una raíz que no se soltaba del pueblo y el pueblo significaba familia, honor y tradición. Supongo que con la urbanización hoy es más difícil componer algo sustancioso y tradicional. Es triste, pero pasa en todos los géneros musicales.

En fin… brindo por Los Cadetes de Linares, que a todos los regios nos dieron identidad musical!

Brindo por Lucita, María Inés y Esthela, que su compromiso con su corazón sea eterno a través de este corrido y que chingue a su madre Santos Valdez!

Ojalá que en el más allá las tres mujeres le estén poniendo una madriza.

¡Salú!

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