Desdoblarse es el quehacer del tiempo y el espacio en la habitación de Satanás

Adentro del corazón de una ciudad, detrás de la iglesia con una sola torre, en el rincón de una casa, sobre una cama escondida se desdobla el tiempo. Ahí las sábanas son de piel y en la piel un mapa tatuado indica el camino hacia ninguna parte.

Respetando el ritmo de cada minuto de la media noche, la bestia cierra los ojos y se arroja al vacío que es sus entrañas, se vuelve hacia adentro intentando perderse, pero sus movimientos lo traen de vuelta a su cuerpo.

El tiempo no se detiene, se desdobla en intervalos de dos horas que duran quince minutos, una habitación contiene a la otra igual que mi cuerpo contiene al suyo, no existe el espacio que se llama ‘afuera’ porque ahí es otro ‘adentro’ que sucede en el interior de otro espacio más grande, una espiral espacial que es una pesadilla.

En su privacidad que es frente a mis ojos, primero se quita la camisa, acariciando los botones que le queman los dedos, ojal tras ojal despega la tela de su espalda y ya su torso libre, sacude su pelaje al aire de la noche que conoce bien.

Sabe que lo observo pero me ignora a propósito y finge con maestría su soltura; sus movimientos son calculados por milímetros pero actúa descuidos, prepara la escena perfecta para anticipar su desnudez porque en ese plan radica su naturaleza depredadora.

A veces me regala su mirada y sus pupilas brillantes le fluorescen en lo profundo de la recámara, cuando esto pasa mi mente se inventa sonidos de junglas, de viento que acaricia precipicios lejanos, de monstruos deambulando en cavernas negras, de puras cosas de final horrible.

El sonido de la espiral me mantiene en el momento y ya sé que va a continuar quitándose el pantalón, desplazando sus ojos lento y mojándose los labios.  Ya falta poco para su libertad absoluta. El tiempo sigue desdoblándose en la última habitación de la última casa, detrás de la iglesia que sostiene una sola torre, en el vértice de la ciudad sin corazón.

Apenas ahora comienza el espectáculo de su cuerpo desnudo, dando vueltas adentro de esta jaula que es una habitación dentro de otra. Los músculos de sus extremidades se contraen con cada paso, el sudor se acumula en lugares donde alcanza el vaho de su resoplido, los tiempos desdoblados se acumulan y mis ojos se imprimen de su imagen hermosa y letal, como todo lo que es salvaje y está abandonado al curso de la intemperie.

Alta y soberbia la bestia desnuda me mira por encima de todo lo que es suyo y me llama.

Soy cordero.

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