El sueño de una defensa pública

Hace poco fui a una fiesta, ahí me quedé sola unos momentos con gente que no conocía. La música había sido toda la noche una mezcla de ochentas, goth pop, rock a lo Joy Division y muchas cosas que yo oigo como idénticas todas (Perdónenme, fans de Joy Division).

No me malentiendan, creciendo con una familia de ‘Sopa de caracol’ en las fiestas y ‘El Corrido de Laura Garza’ en las Navidades, tengo callo para tolerar muchos géneros de música. Sé muy bien lo que me gusta y lo que no, pero no repudio, ni condeno a Satánas… a veces está chido salir de mi zona de confort musical (Así me presentaron postmortem a Jenni Rivera).

Total, que en esta fiesta me quedé sola por un momento con un grupo de personas que no conocía y como no bailaba ni disfrutaba el volumen alto de aquellas piezas doradas (quiero pensar que fue por eso), me preguntan de pronto: “¿No te gusta Joy Division o qué?”.

No me lo pensé ni un minuto y dije: “No”.

De inmediato noté la incomodidad de mi respuesta en todas las personas que estaban en ‘la bola’. La regué.

Alguien entonces, con un corajito disfrazado que yo entendía que había tocado un punto sensible, continuó: ‘¿Ah no? ¿Entonces, qué escuchas?’

Vato, escucho un chingo de cosas, pero mi primera respuesta fue: Flamenco.

Me arrepentí un poquito luego, porque me vi en la necesidad de justificar que me gustaba el flamenco y no lo hice.

No lo hice porque sentí no tenía por qué dar explicaciones a gente que no conozco de por qué me gusta lo que me gusta, pero después me quedé con una espina que no me he podido sacar.

A veces revivo esa noche y se me ocurre un gran discurso de defensa pública del flamenco, un alegato justo que dejara fuera esta vergüenza implícita porque no me gusta Joy Division. Pienso en muchas cosas que debí decir, una lista entera de cosas físicas, poéticas e invisibles, un evangelio bonito que le hiciera justicia a Camarón.  Pero no, nomás dije: “Ah pues no sé… me gusta”.

Mi situación es difícil, me declaro una incomprendida, a veces mi mamá muestra un poco de interés, un compañero o dos del trabajo con los que a veces puedo discutir de gitanos un poquito… incluso mucha gente con la que bailo flamenco en las academias no sabe de flamenco, buscan la danza flamenca, pero no se interesan por el más allá.

Y es muy difícil, habiendo tantas cosas bonitas en los soleares, en las granaínas, en los fandangos, tantas coplas hermosísimas, tanta pasión imprimida y desperdiciada cuando voy en mi carro, pongo música y me dicen “Ay no, ¿otra vez flamenco?”.

Sé que el flamenco es complejo, no es fácil de digerir, pero esa tosquedad es tan pinche bonita una vez que entiendes el código, una vez que le das una oportunidad y conoces la historia, que lees un libro, que comprendes de dónde viene esta letrita o este compás. El gusto por el flamenco es un premio después de haberlo sufrido, digo yo.

Hace unos días descubrí esta canción, esta versión en vivo de una canción de Manuel Molina, un gitano de los de verdá (Y eso que fue hippie en sus días mozos).

Es un poema de Federico García Lorca, musicalizado por Molina y cantado por su hija, Alba.

Les dejo el video y el poema como un regalo, no como cuatro minutos de tortura.

Romance de la Pena Negra

Las piquetas de los gallos
cavan buscando la aurora,
cuando por el monte oscuro
baja Soledad Montoya.

Cobre amarillo, su carne,
huele a caballo y a sombra.
Yunques ahumados sus pechos,
gimen canciones redondas.
Soledad, ¿por quién preguntas
sin compaña y a estas horas?
Pregunte por quien pregunte,
dime: ¿a ti qué se te importa?
Vengo a buscar lo que busco,
mi alegría y mi persona.
Soledad de mis pesares,
caballo que se desboca,
al fin encuentra la mar
y se lo tragan las olas.
No me recuerdes el mar,
que la pena negra, brota
en las sierras de aceituna
bajo el rumor de las hojas.
¡Soledad, qué pena tienes!
¡Qué pena tan lastimosa!
Lloras zumo de limón
agrio de espera y de boca.
¡Qué pena tan grande! Corro
mi casa como una loca,
mis dos trenzas por el suelo,
de la cocina a la alcoba.
¡Qué pena! Me estoy poniendo
de azabache, cama y ropa.
¡Ay mis camisas de hilo!
¡Ay mis muslos de amapola!
Soledad: lava tu cuerpo
con agua de las alondras,
y deja tu corazón
en paz, Soledad Montoya.

Por abajo canta el río:
volante de cielo y hojas.
Con flores de calabaza,
la nueva luz se corona.
¡Oh pena de los gitanos!
Pena limpia y siempre sola.
¡Oh pena de cauce oculto
y madrugada remota!

4 Responses to “El sueño de una defensa pública”

  1. Carlos Martínez

    Sencillamente genial, y confiezo que este puede ser mi primer acercamiento consciente al Flamenco, por favor no dejes de escribir; ya q lo disfruto mucho.

    • Carlos Martínez

      no alcancé a corregir “confieso”.. suplico me disculpen.

  2. aneclectique

    Yo aplaudo que no hayas dado explicaciones, muchas veces me ven raro por lo que me gusta y cuando ando de humor, me invento historias bien torcidas del por qué, y cuando no, no doy explicaciones (solo cuando creo q los presentes las merecen, o sea, casi nunca)

    El flamenco rockea, todo sensual, con elementos bien terrestres, la guitarra y las voces re firmes, y lo mejor, q muchas veces tienes que leer los lyrics porq no se entiende (o soy solo yo? ja)

    Saludos

  3. Magentuosa

    Pues es que también qué hueva andar por la vida teniendo que explicarse… sobre todo cuando son explicaciones que ameritan tesis y tú tienes un minuto para explicar, sobre el patíbulo de la mirada acosadora, por qué no deben ahorcarte si no te gusta JD y sí el flamenco. Lo mismo creo que en estos tiempos y gustos como el tuyo y el mío (modestia aparte me enuncio también de gusto musical ecléctico) es difícil decir qué te gusta sin sonar a que estás bluffeando. ¡Además el flameco es super true! jaja

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