Un milagro en Navidad ( o “Tómate unas clases de economía familiar”)

Posted On 2 enero 2012

Filed under catársis, miedos, obsesiones

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El año 2011 fueron doce meses de aprendizaje a “error/chingazo”, una continuación gravitacional del 2010, que fueron ochentapitomil meses de “chingado, todo me sale mal”. Así que por lógica optimista, el 2012 debe ser bueno.

No le tengo mucha fe a los años pares, porque hasta ahora los impares son los que me han salido buenos, pero quizá sea hora de cambiar ese y otros arraigos supersticionísticos que sólo nos detienen de nuestro desarrollo evolutivo sentimental.

El pedo ha estado muy cabrón, pero nos hemos arreglado con lo que hay.

Este año, por ejemplo, no tuve ni un quinto. Nada. Ni para caerme muerta. Mi economía se vio afectada desde abril o mayo que me diagnosticaron esofagitis (que es como una gastritis cagante). Gástale en gastroenterólogo (qué bonito juego de palabras), medicinas de a mil pesos la caja con seis, y cotorreos de ese tamaño.

Luego en septiembre mi papá tuvo que ser intervenido quirúrgicamente porque quedó sepultado bajo una pared de blocks y cemento que repentinamente le cayó encima (no biggie).

Accidente dramático, mucha alarma, pocas nueces, pero a jodernos pagando doctores y gastos médicos.

Luego me vine a embarcar en una gran odisea, el de pagar un auto que todavía no es mío. Muchos desatinos que implican calculadoras, sumas, restas y divisiones de casita. Nunca fui buena en matemáticas, lo mío era Historia y Geografía.

Anyway, con estos gastos mayores, Lizbeth quiso seguir llevando su vida de rockstar, de botellas de champagne y destrozos en el Hotel Hilton NYC, así que de pronto el dinero frenó.

(Me caga hablar de dinero, de verdad. Pienso que el dinero es sucio, es un tema mundano, que preocuparse por él es traicionero y presumirlo es vergonzoso. Literalmente, tocar dinero me da asco y siento que hablar de dinero rebaja el espíritu del hombre, así que prometo que este post tiene un objetivo más importante que hablar de una cosa tan cochina como el dinero. Keep on reading, please.)

Estábamos en que el dinero mermó and so our rockstar lives.

A pesar de todo esto, Lizbeth no aprendió y quiso regalar a todos espléndidos obsequios navideños que reflejaran lo mucho que amaba. Perdida en la vana sociedad regiomontana, gastó y gastó.

Gastó hasta que un día se vio obligada a pedir prestado, gran ofensa para la familia Gutiérrez y gran falta para las bases de finanzas y ahorro inculcadas por mi padre, el hombre regio más codo y ahorrador que existe bajo el Cerro de la Silla.

Okey, no pedí prestados 30 millones de dólares, pero, vaya, entiéndanme que la estaba pasando mal.

Sin perder el control de la situación pensé: Muy bien, la he cagado bonito, he aprendido la lección, let’s fix this bitch.

Con mucho fervor le pedí al Universo que diera vueltas, al mundo le pedí que rotara y llamé a las coincidencias, las casualidades y las oportunidades a que juntas trabajaran a mi favor. Ofrecí mi aprendizaje a las reglas universales de causa y efecto, y me puse changa.

El secreto está en no agobiarse. Sí, okey, muy bien, el dinero dirige nuestra vida, pero no lo es todo. Simplemente hay que aprender y ofrecer nuestro aprendizaje a la máquina universal, pagar al Cosmos con la confirmación de que estamos sujetos a sus reglas y entonces arreglar las cosas nosotros mismos. Tranquilamente y sin pánico, porque somos instrumentos del destino, y si un día estamos arriba, otro día estamos abajo, pero seguimos teniendo la oportunidad de volver arriba. El secreto está en confiar, en tener fe.

Entonces, la mañana del 24 de diciembre (dígase Noche Buena), buscaba una cosa, ni recuerdo qué cosa, pero fui a abrir una cajita de madera en la que guardo pequeñeces: bow ties, pedazos de listón rosa, boletos de trenes europeos, rupias, gemas falsas de anillos de 25 pesos, recortes de periódico… y entre todo eso, hallé dinero. Mucho dinero.

Hallé lo suficiente para salir momentáneamente de mi insolvencia económica, no me pregunten cuánto.

El misterio es que no sé de donde salió ese dinero. No recuerdo haberlo puesto ahí y si así hubiera sido, lo tuve que haber guardado hace meses, un año, quizá. Nadie tiene acceso a esa caja, a nadie le interesa, ni siquiera a mí, porque ahí pongo los remanentes de mi vida fabulosa que luego olvidaré.

Pregunté a todos y ese dinero resultó huérfano.

En algún momento pensé que mi mamá o Raúl lo habían puesto ahí al ver lo mal que lo estaba pasando sin pagar mis deudas, pero no.  Todavía hoy no me explico qué hacían esos billetes ahí, yo no guardo dinero en casa y menos una cantidad tan grande.

Y así, a mi evento insólito e inesperado lo bauticé como: un milagro. Un milagro de Navidad.

Okey, shutups, los milagros no deberían tener que ver con dinero, pero juro que entendía el mensaje: Confía, everything’s gonna be all right.

No escribiría de esto si no me causara tanto impacto porque todavía hoy me pregunto por ese dinero (que ya gasté sabiamente, lo prometo).  ¿Cómo llegó ahí?, ¿Por qué lo descubrí en Navidad?, ¿Lo puedo llamar ‘milagro’?, ¿Me estoy sugestionando?, ¿Así de rápido funciona el Universo?, ¿Quién mató a Colosio?

El mensaje navideño que me dejó el 2011 indigesto fue: Aprende, a chingazos, pero aprende. Usa lo aprendido. Aplícalo. Aguas, ponte al tiro, tu zona de comfort puede terminarse.

Termino un año humildemente, felicitando al contrincante por tan buena pelea, pero segura de que mi barco no está hundiéndose, ni madres.

Les deseo que nadie de ustedes se muera en el 2012, que ya es mucho desear. Les quiero.

(Y después de mucho rollo, mucho eye candy navideño y cursi after the beep).

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