Carta, telégrafo o invocación

Texto (carta/telégrafo/ invocación) a Alejandro Gutiérrez. Marzo 25 o 12 de Abril, qué carajos importa.

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“Era muy tarde para llamarte, así que decidimos mejor avisar por la mañana” dice una voz mientras una taza de café se quiebra en pedazos en el piso.

A esas horas del día siguiente, la muerte comienza a pegarse en el tapiz de los sillones, se incrusta en las grietas de la pared, drena la sangre que corre por las venas de los libreros, desaparece las entrañas de las alacenas; la muerte vacía todos los objetos, los retratos no retratan nada, los cepillos de dientes se saben solitarios y un plato puede lucir la más dolorosa desolación cuando la muerte se anda flotando de una habitación a otra.

Las gargantas son tomadas por asalto y el cuerpo obedece al llanto cediendo un trozo de su corazón ante la tragedia extraexistencial.

Como una cascada, un juego en el que una ficha de dominó tira a la otra y esta tira a otra y así sucesivamente, y después de resistirse a la realidad, sobrevienen los por qués: ¿Pero cómo fue? ¿Cómo es posible si lo acabo de ver? Hablé con él ayer.

El vacío de muerte terquea y nosotros nos aferramos a lo que fue.

La muerte nos vuelve tan vulnerables, tan pieza equivocada de rompecabezas, tan lindos con los ojos dilatados de un ciervo que ve venir hacia él las luces de un camión. Y nuestro asombro es tan verdadero que nos hace adorables como un niño frente a una cámara, y nuestra incomodidad es tal que las sillas no nos contienen, los sillones no nos mantienen, los bolsillos no logran guardar nuestras manos inquietas…

El mundo entero incluso se vuelve insoportablemente vivo cuando uno de nosotros ha muerto.

Qué odiosos esos pájaros cantando su trino tan fresco, qué insensibles los malditos rayos de luz que se echan como gatos al piso frotando las lozas, cómo es posible que el día se levante tan como si nada, mientras nosotros con tanta insistencia de muerte estirándonos los cabellos y haciéndonos caras y gestos al espejo.

Entonces rompemos en llanto porque no comprendemos, porque nos sentimos tan abandonados a nuestra suerte, la cual puede ser tan mala como para arrancarnos de la rutina que sí nos es familiar. Tanto abandono y tanto “Ahi-a-ver-cómo-le-haces” nos hace llorar de impotencia porque ni siquiera nosotros mismos tenemos control sobre nosotros mismos.

Tememos al animal de la muerte, que un día nos salte al regazo mientras nos entregamos al té y entonces sí que nos estropearía la ropa, y Dios te libre de derramarlo en la alfombra persa.

Con la noche vienen los cirios, los olores del surtido de flores, las sombras, los objetos que se mueven gracias a manos invisibles, los llantos más desgarradores y las tazas del café más cargado. En la oscuridad solemne nos doblegamos a la fatalidad de la pérdida, la comprensión de la muerte nos llega como por arte de magia, pero no la sabemos explicar, todo es más claro en la oscuridad.

Luego viene la bofetada de la realidad: Él está ahí, pero no está ahí, y tanta dualidad nos confunde, nos teje más telarañas en el corazón.  Si ya no está, entonces ¿dónde está ahora? Y si ahora “está”, ¿dónde se supone que estaba antes?

El proceso misterioso, mágico e incomprensible del funcionamiento del alma nos vuelve a quebrar en dos y nos reduce al concepto de “No somos nada”.

Nos volvemos a abandonar al llanto porque si no somos nada al Universo no le importa si lloramos, si cuelga un moco, si babeamos los hombros de los demás cuando nos abrazan. Nada importa si no somos nada.  De golpe entendemos que todos los años de vida son la preparación de la muerte y estamos destinados a salir de este mundo tal y como entramos en él.

Nuestro funeral se vuelve un vicio, un morbo íntimo, una vergüenza inevitable y eventualmente sufrible.

Vuelves a la tierra, vuelves a la nada, a la levedad, a la imaginación de alguien, a la memoria, a las tardes de viento, a flotar con la muerte sobre las cabezas de los vivos.

Reflejo de luz, corriente de aire a través de las cortinas, personaje de ensueño, leyenda o anécdota, fantasma o ángel, alma sin cuerpo.

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Este 25 de marzo, Alejandro Gutiérrez fue llamado para otros quehaceres que no implican respirar.

Mientras mi primo azotaba puertas, encendía y apagaba lámparas, terco por querer permanecer aquí, yo me las arreglaba para pensar en él, en su muerte repentina, sin depreciar (sic) toda su vida… 28 años igual que yo.

Alejandro vino a vivir y así lo hizo, su vida es para mí un testimonio de que la velocidad en que transcurre el tiempo a través de nosotros es relativa y confirma que todo pasa por una razón desconocida para nosotros, que alguien tiene un plan para cada uno y que aunque ese plan está frente a nuestras narices, sólo se devela al final de nuestra existencia.

Confío plenamente en que mi abuelo (quien murió el mismo día pero hace cinco años) aprovechó la vuelta para recibirlo a la puerta que separa al mundo de los vivos y los muertos, muy seguramente le está dando un tour para mostrarle aquella casa en el aire, una vuelta de reconocimiento al Cielo, mientras intercambian opiniones y que’sto y que’lotro.

One Response to “Carta, telégrafo o invocación”

  1. Karina

    Me encanta tu forma de escribir! Soy tu fans!

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