El amo y el sirviente

Posted On 16 diciembre 2010

Filed under Literatura

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Tu cuerpo es nuevo para el mío y tarda en reconocer las dimensiones. Tiene un ligero disfrute al calcular la distancia que hay entre tus brazos a través de tu espalda, busca medir tu volumen con un abrazo, curiosea por tu cuello, palpa tu pecho, se encuentra con tu cintura y se aprieta a ella.

Descubre con aprobación el olor de tu piel y asombrado, cae en un trance, una somnolencia causada por pequeñas explosiones en el cerebro que indican que tu cuerpo le agrada al mío.

Mi cuerpo todo es una sonrisa.

Alcanza a probar con los labios el borde de tu oreja, la lengua busca saborear tu sal, engullir de un bocado, y la somnolencia prevalece cuando sufro de un gemido.

Mi cuerpo reconoce el estado de comodidad que le brinda el tuyo, ellos buscan acoplarse, comprender el funcionamiento de un suspiro, la humedad de un beso, el calor del pequeño espacio que ambos buscan ocupar cuando se abrazan, experimentan con las acciones y sus reacciones. Las manos de tu cuerpo irrumpen en el mío y mis extremidades ceden, se inflaman, arden cuando tus dedos trazan y me atrapan con un beso.

Ojalá el tiempo se hubiera detenido antes de encontrarse las bocas.

La faz de mi cuerpo convulsiona bajo tus labios, ventosas de humedad, sellos indelebles, marcas calientes que andan errantes construyéndolo todo para luego destruirlo a su paso.

Tu cuerpo debe detenerse antes de que el mío colapse.

La razón, que no disfruta de los placeres de la carne, no comprende cómo nuestros cuerpos se ocupan sólo en embestirse, no entiende de humedades, de cercanías, no tiene opiniones sobre la desesperación causada por el sexo; ella no conoce la locura, no sabe de cegueras que involucran camas y espaldas desnudas. Razón no manda donde Lujuria dirige.

A mi cuerpo le gusta esta sensación de instrumento, de artefacto que provoque, de objeto de arena bajo las palmas de tus manos. Se rehusa y se resiste, pero luego se abandona y se deja hacer; se recrea, se aprovecha del tuyo para dejarse poseer, para debatirse entre la pertenencia y la rebeldía.

Nuestros cuerpos, entonces, se divierten encontrándose, comprobando resistencias, midiendo y calculando los puntos débiles de un erotismo natural, una guerra de animales, una lucha de apetitos que se están disputando la supremacía.

Lix Gutiérrez, 2010

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