La cabra azul

Posted On 20 octubre 2010

Filed under cuentameuncuento, sueños

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El amanecer dentro de un remolino es tan bonito… Los brillos del sol abrazan el tornado y uno que está dentro recibe los rayos desvanecidos, la luz se se puede tocar, y se siente como velos dorados suspendidos en el aire.

Salí a recibir el amanecer vestida con retazos de una cortina blanca, pedazos de almohadones victorianos, adornada con bastillas de vestidos de novia y tiras de tapices franceses celestes. Abrazada con amor a una taza de café que nunca probé, caminé sobre arena doradita y crujiente bajo mis pies descalzos; levanté la mirada para ver el cielo, que en realidad el cielo dentro de los remolinos, es un mar.

A la altura de los árboles más altos y las montañas flota el agua del mar, por encima de los techos de las casas y las mitras de las catedrales, ahí el mar fluye como el cielo y por encima de él, los pescadores, los veleros y los yates que llevan turistas fuera del remolino.

Al dejar la puerta de mi casa y caminar unos pasos me recibieron un unicornio negro y una cabra azul.

Los unicornios negros en los remolinos resplandecen como la plata o como muchos diamantillos juntos, su único cuerno se alza desde la frente y en la punta, una estrella eyacula.

La cabra azul, como todas las que pastan en los valles del remolino y como las que mascan las rosas de los jardines de señoras gordas que desayunan pastel, tenía los ojos amarillos, como dos soles que giraban en el sentido de las manecillas del reloj.

Qué cabra más educada la que me recibió en el jardín de mi casa, ya todas ellas han olvidado la caballerosidad de antaño, sin embargo esta me dio los buenos días con una danza ridícula que me hizo reír. Bonita cabra, vino a lamerme los pies y las piernas y hacia arriba por debajo de mi vestido de retazos y entre las piernas. Basta, cabra.

A punto de darle un trago a mi café y a la izquierda del jardín vi a un anciano que se aferraba a un sombrero de ala corta y se elevaba,volando con las piernas sueltas, la barba larga ondeando y con una sonrisa en la boca, como de quien había intentado volar todo el día y por fin levita para tocar el mar.

– Ya lo vi, Señor! Está volando! No me engaña – Le grité para que me escuchara hasta el mar.

El hombre sonrió y movió más las piernas.

De pronto todos volaron, la cabra azul bramó y bailó en el aire, el unicornio negro, toda la banqueta de arena dorada, las flores del jardín de la casa de enfrente, todo se levantó del piso y el aire de sus cuerpos arrastrados hacia el mar, que era el cielo, me volaron el vestido.

¿Qué hacer en estos casos? ¿Qué hacer en caso de emigración urgente? Y yo con este vestido y este amanecer, ¿dónde dejo mi taza de café?

Espérame, cabra, ya voy.

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