Bebé Rocamadour

Posted On 28 marzo 2010

Filed under Literatura

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García me prestó con mucho dolor una iconografía de Cortázar del Fondo de Cultura Económica, y conforme pasaron los días, también me facilitó el disco “Cortázar lee a Cortázar; París, Diciembre de 1966”.

Con el miedo que tengo de terminarme por fin todo lo escrito por Cortázar, me negué inconscientemente a comenzar el libro y a escuchar el disco. Según yo estaba esperando la tarde correcta en que atrapara a la cama justo pasando debajo de la ventana para echarme y hojear fanáticamente las páginas de la iconografía editada en 1985.

Sobre el disco, nunca realmente imaginé que habría un momento correcto para escucharlo, no estaba preparada para escuchar la voz de Cortázar… más bien… ya conocía la voz de Cortázar, muchas veces en entrevistas en español y francés que alguien subió a youtube, pero Cortázar leyendo a Cortázar sería en mí como una implosión, una enajenación de palabras, imágenes y sonidos… dejé el disco ahí, acechándome en el itunes, y a veces cuando estaba en shuffle y la lista me llevaba a un track con voz de Cortázar, corría a cambiar de track como si se tratara de la grabación de una misa satánica de Anton Szandor LaVey o un audio pornográfico, algo que debes quitar ya porque si alguien lo escucha comenzará a preguntar y a querer saberlo todo y uno no está preparado para dar explicaciones del porqué se posee un audio de esa calaña.

Hace poco también, mi deber de fan me hizo comprar el “Papeles inesperados”, los textos inéditos de Cortázar que a Aurora Bernárdez se le ocurrió olvidar en un buró para sacarlos a la luz en el 2009 y decir: “Uuuups, me había olvidado que estaban aquí, junto con millares y millares de papeles que aún no sé si publicaré en memoria de Julito”.

Uno quiere agarrarla a golpes.

La semana pasada superé mi miedo de una manera sutil. Tome los “Papeles inesperados” y comencé. Yo que siempre estoy consciente de mi muerte, pensé que peor sería que yo muriera sin leer lo último de Cortázar, así que me dejé de mamadas.

No es un libro con textos particularmente importantes, uno entiende por qué Julito los dejó fuera de otras publicaciones, pero tienen la chispa entrañable y el sonido de las palabras propio del ídolo.

Una noche de la semana pasada escuché el disco, acostada en mi cama, con la luz apagada y queriendo tener un cigarro para fumarlo junto a la ventana.

Arrullada con el acento multicultural del latino, que pronuncia las erres como Pepelepiú y de pronto el acento argentino, ché báaarbaro; y a ratos un rasguillo chileno. Quería estar ahí en su casa en Saignon, en la biblioteca con pisos de madera y los gatos acariciando las puertas con sus colas esponjosas.

Qué bien se está aquí,Julio, nadie interrumpe las lecturas. No veo nada porque está oscuro o porque tengo los ojos cerrados, pero estás leyendo al otro lado de la sala y sólo escucho tu voz, y en mi corazón tus caladas al cigarro se magnifican gravemente.

Estoy tirada en la alfombra, fumando también, junto a una puerta corrediza que da a un balcón, y el balcón da a un jardín, y el jardín a un bosquecillo, y el bosquecillo a Francia, y Francia a las estrellas y así sucesivamente hasta que uno está fuera de este mundo.

Me dieron ganas entonces de verle la cara, pero desde mi cama no alcanzaba el interruptor de luz de su casa en Saignon, así que la iconografía cayó del cielo. Encendí una lámpara que me mostró a Jules con un puro, con un envuelto de cigarrillos, con una pipa, un pitillo y lo vi al otro lado de la habitación escribiendo usando sólo dos dedos en su maquinita.

Vi las fotos sobre un estante y por su atuendo podía adivinar si estaba en Nicaragua, en Veracruz, en París, en Cuba, en Amsterdam o en India. Dependiendo de la mujer que tenía al lado, podía calcular si era 1963 o 1973, dependiendo el gato, la luz, los colegas, la mesa redonda o el micrófono. Está con el mate o con libros a la orilla del Sena, o tomando fotografías mientras descansa en el balcón de un camarote del barco cuando iba de vuelta a San Francisco luego de darle la vuelta al día en ochenta mundos.

Con los años le creció la barba y se dejó el cabello largo, se tomó fotografías con Octavio Paz o Juan Soriano en un atelier de un callejón parisino, jugaba con máscaras con Gabo y era recibido en aeropuertos por Carlos Fuentes. Íntimo de Lezama Lima, del Comandante Tomás Borge, de Claribel Alegría y Susana Rinaldi. Centro de sobremesas donde una botella de tequila es más valiosa que cualquier obra literaria del ‘mundillo’. Cuántas sonrisas y entrevistas y poses intelectuales, cuántos campos con niños de día y cuantos días de campos con madres… y ahí en la penumbra Julito escribiendo con sus dos índices quiénsabequé cosas de cronopios y famas o sentado a la tumba de Oscar Wilde antes de que estuviera cubierta de besos con labiales baratos e internacionales.

Uno crece todos los días, ya estoy lista para devolver la iconografía y memorizar algunos capítulos de Rayuela.

Prueba superada.

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