Sobrevivir cinco veces al veinticinco de marzo

Posted On 26 marzo 2010

Filed under familia, sueños

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A mi me pega muy fuerte el hecho de que cuando una persona se muere, no la vuelves a ver jamás.

Es increíble que una persona que caminaba contigo, decía palabras, usaba unos zapatos, tenía un nombre y un apellido, de pronto ya no existe! Ya nunca caminará, ni dirá palabras, ni calzará zapatos, y su nombre y su apellido no tendrán dueño más.

Para mí es tan de shock concebir que una persona deje de existir… Puedo lidiar con la pérdida, puedo comprender el proceso de vida-muerte, entiendo qué pasa cuando alguien muere, pero no comprendo claramente cómo es que existía y derepente ya no.

Si uno se descuida y de pronto olvida las caminatas, las palabras, los chistes, si tiramos los zapatos a la basura, si quemamos las actas de nacimiento y los carnés de conducir, si no tenemos cuidado, tenemos el poder de hacer que esa persona no haya existido nunca. Sin testimonios de que esa persona existió, podríamos fingir que nunca jamás vivió y que todo fue un sueño.

Es una tontería, pero me angustia muchísimo.

Hoy se cumplen cinco años de que mi agüelo murió y aunque ya ha pasado mucho tiempo, tengo miedo de comenzar a llorar antes de terminar este post.

Otros años no había sentido que se avecinaba esta fecha, pero desde hace una semana me acordé de golpe mientras conducía y hoy habrá una misa, familiares en el panteón y tal y tal.

No me gusta que me obliguen a hacer las cosas, entonces generalmente no fui a los eventos fúnebres que se celebraban en su honor, sabes, yo decía, es que para qué tengo que ir si cuando estoy ahí me la paso pensando en las cosas que tengo que hacer, en pendientes, en horarios, en todo menos en mi agüelo…

Por otra parte, yo a él lo recuerdo casi todos los días y le dedico tiempo antes de dormir… tiempo que uso para recordar sus chistes, sus palabras, su lugar en el comedor, y todo esto se siente como un ejercicio de memoria, para que su recuerdo no se desvanezca con el paso de los años y de cada 25 de marzo.

Quizá este tiempo que invierto en su recuerdo antes de dormir provoca que lo sueñe demasiado… en todos mis sueños él ya está muerto, nunca lo sueño como en el tiempo en que vivía.  En casa, (que sigue siendo la Casa de Güelitos, como si él todavía viviera) a veces conversamos de él y casi siempre todos en la mesa hacemos recuento de quién lo sueña más, quién fue el último en soñarlo, de qué se trataba el sueño… no sé muy bien por qué.

Hace un par de meses lo soñé con una nitidez horrible (de ahí la inquietud de mi post sobre las personas que existen y dejan de existir).

Estabamos varios en el pasillo alumbrado y derepente se apareció como fantasma, así fade from white. Yo lo veía pero nadie más y entonces lo abrazaba con felicidad, no con la tristeza de quien se reúne con los muertos. Lo abrazaba del cuello y le preguntaba qué hacía aquí.

– Vengo a avisarte que vas a tener un hijo, es un niño gordito.

Yo me reía mucho porque sin novio, amante ni one night stand estaba cabrón embarazarse a estas alturas de mi vida.

– ¿Y quién es el papá? – le preguntaba

– Ah, ese es un pendejo, no se va a hacer cargo de él, todavía tiene mucho que aprender sin hijos.

Lo que me decía a mi me daba igual, yo seguía muy impresionada por su aparición y cuando lo volví a abrazar, él comenzó a flotar.

Flotaba en el aire y su figura que se hacía fantasmal se iba metiéndo en el techo y yo que no lo soltaba, le decía “espérate, no te vayas, espérate tantito más, ¿qué más sucede con mi hijo?

– No puedo decirte más, me van a regañar, no me preguntes – contestaba mientras su cabeza ya estaba del otro lado del techo y yo seguía abrazada a él por el cuello, volando también.

Los rasgos de su cara eran tan claros, los olores, la posición de mis brazos, todo era tan real que me desperté llorando.

El sueño no era triste, no se trataba de cosas tristes ni tenía un sentimiento escondido de tristeza, era un sueño como todos, pero al despertar me dio un choc tremendo que no tuve más opción que ponerme a llorar. Llorar como el día que se murió, no estoy exagerando.

Mi mamá fue a ver qué pasaba y nada, era yo, sentada en la cama, ahogándome en el llanto sin poder explicar la razón de mi locura transitoria. Lloré como por media hora, no sé por qué, no tenía razones y por supuesto, luego de asimilar el sueño y en base a lo tonta que soy, concluí que mi agüelo trataba de decirme algo. No ahondaré en ese tópico.

Eso me lleva a reflexionar en lo extraño que es que alguien no exista más porque yo no siento que mi agüelo no exista. No siento precisamente que está vivo, pero no lo siento muerto.
Las cosas son, y en ese inexplicable “ser” de las cosas, todo se explica sin una razón en particular: El deber de mi agüelo (según una cosa universal-cósmica-metafísica-religiosa-médica-científica-biológica) es no existir, pero aunque no existen más sus juegos con calcetines, aunque no hay servilletas con dibujos de caballos, ni su silla de ruedas, ni su espacio en la cama, aunque su voz ya no existe, todo vive… mientras yo viva.

Esto me demuestra que todos vivimos un poco más allá de nuestro propio tiempo, por ejemplo en este post, él sigue viviendo, si yo lo evoco, si ustedes lo imaginan con mis descripciones.

Después de que yo me muera y que ustedes hayan muerto, quizá por fin él nunca haya existido.

___________________________________________

Agüelo: Te extraño todos los días, aquí las cosas se vuelven cada vez más interesantes. No preocuparts, no tengo hijos gorditos todavía, tú allá házle un paro para que no le toque un papá pendejo. Muchas flores de colores.

Te quiere, tu muchachita de pelo negro (:

One Response to “Sobrevivir cinco veces al veinticinco de marzo”

  1. Dama caguamas

    Que lindo post, me recordaste a mi propio abuelo.

    Saludos.

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