Negación de una cicatriz

Posted On 11 marzo 2010

Filed under catársis, obsesiones, poesía

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Sin duda, quizá, tal vez, no estoy muy segura, es su cicatriz la que me distrae. Trato, Dios sabe, de concentrarme en otras cosas de su anatomía para que mi mirada pase por encima o rodeando aquel pedazo de piel blancuzca que me sincroniza los ojos y me produce tentación, pero casi siempre mi atención se estanca ahí.

Planeo una ruta que comience en los ojos, a donde siempre miro por respeto y convicción; que comience ahí donde no miro los ojos sino la conversación dibujada, el peso de las verdades y las mentiras, la personalidad de los chistes o la tristeza de una interrupción.

La ruta continúa sola porque mi mirada es un auto sin frenos, sola se conduce al ángulo donde se une su ojo y la sien: Ahí tiene unas arrugas impredecibles porque nunca sé realmente cuándo va a sonreír. Las líneas se extienden con gracia y adoración a su piel doradita y delgada, y me complace esta característica de realidad, me gustan las marcas de sus años aprovechados o desperdiciados.

El camino continúa bajando por la mejilla y a la altura de la mandíbula se detiene bruscamente porque ha de decidir si continuar en el rostro o bajar por su cuello.

Difícil decisión para la voluntad, el recato y el “disculpe, usted”. 

Entonces, sin querer mi mirada alcanza su boca.

No quiero, me aferro a las puertas, a las cortinas de las ventanas, me tomo de los azulejos del piso, me rehuso, me niego, pataleo y lloro… pero siempre, después de un rato de debatirme entre poner atención a la conversación o evitar el camino a su boca, tristemente, termino por llegar a su cicatriz.

La cicatriz se encuentra victoriosa, en su labio inferior, es chiquita e imperceptible, pero para mí es un vasto desierto que refleja la luz; se extiende verticalmente partiendo su labio y apenas tocando la piel de su barbilla. Abarca sus palabras y enmarca sus dientes, expandiéndose con la risa y contrayéndose con las palabras que empiezan con ‘U’.

Permanece lustrosa y lejana, invisible, pero me asalta como un fantasma cuando me habla y me golpea con fuerza cuando me besa, me quema la piel.

En ese momento no existe nada antes y nada después, sólo ese vacío de tiempo donde estamos de frente la cicatriz y yo.

Ahí viene, me digo, con los ojos a punto de exhorbitarse. Ya escucho el sonido de nada, que es un constante vacío agudo con código de grito, no me alcanza la respiración, no puedo moverme, sólo puedo notar a la cicatriz avanzando hacia mí a través del universo, lenta y a muchos años luz.

Ahí viene, me digo con la mente, y quiero esquivarla porque temo a su fuego de un dolor de antaño, temo que ahí tan junta a su boca sea la profecía de mi religión, el anticristo de mis pasiones, el fin de todo lo que conozco.

No vengas, es todo lo que alcanzo a escuchar a lo lejos de mí, abandonada a la fuerza gravitacional, al imán, a lo eventual e inevitable.

Pero ahí llega ya, su boca lista a colocarse en su lugar correcto y otorgarme por fin, su beso con cicatriz.

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