Todos somos uno en Yog Sothoth

Posted On 30 noviembre 2009

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Me duelen los ojos, la tarde se va entre sábanas azules y las palabras perfectas que no tienen que ver con la realidad. Y entonces están también las otras cosas.

He tomado una siesta (yo nunca he tomado una siesta, ni siquiera esta vez), y despertando me encontré llorando, como si tal cosa. Volteo a ver las fotografías, mi corona de papel, mis libros de calcomanías, mis muñequitos hechos de cabello, mis calcetines de colores, mi tarde de domingo. He soñado con fantasmas que me revelaron a Plinio, a León o al “gordito”, uno en años, sin padre.

Soy un caos. No puedo resolver mi vida, por eso se la he confiado a uno más cauto, uno que sí sepa qué hacer en situaciones de emergencia, como por ejemplo cuando uno ve un cuerpo elevarse y atravesar el techo de concreto, o cuando alguien nos dice “te quiero mucho”, pero sabemos que es mentira; incluso cuando pasan en el radio una canción de Florencia, cuando uno debe aplicar los primeros auxilios o escuchar por enésima vez “…I came down here”. Cuando se mueve sola la ropa colgada en el tendedero, cuando una gota de agua cae y remueve toda la superficie de su misma agua, cuando uno manda a construir su propio ataúd o  si es que los dedos del que duerme se mueven solos, o si uno presiente lo inevitable.

He relegado (felizmente) las decisiones de mi futuro a entes incomprensibles que bien podrían ser familiares de Shub Niggurath o Yog Sothoth, no hablemos de Nyarlathothep porque tengo miedo. Pasado, presente y futuro, todos son uno en Yog Sothoth.

Y hay hormigas en el último piso de mi cuerpo, en la duela de mi cerebro, royendo la corteza, llevándose de pedazo en pedazo lo que me queda de cordura. Bostezo. Es ese sonido de violoncello mal afinado que contrasta con el canto gregoriano de los truenos golpéandose entre las nubes, el atisbo del sonido de la tierra girando.

Tengo miedo porque no sé, y sé que sabiendo no se me quitará el miedo, permanecerá la angustia del suspenso, el aliento retenido, la tristeza que se me escurrirá por los costados como cera, lo horripilante de la muerte y su carnalidad grotesca.

Pasado, presente y futuro.

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