Carta al Señor Isidraux Guadalupus de Magnificat

Posted On 26 noviembre 2009

Filed under Apartado Postal, bestiario, obsesiones, sueños

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Montserrat, Catalonia

Carta al Señor Isidraux Guadalupus de Magnificat, Monasterio de Santa María de Montserrat (ayer fue el sur, hoy Cataluña), Sierra Vermellica.
 
Querido Lupus:
Te escribo desde París, aturdida, confundida e inestable. Las cosas han tomado una dimensión extraordinaria, lo propio ya no lo es, la calma no existe y hasta yo me desconozco. Debo a alguien revelarle este secreto y no puedo pensar en nadie que comprenda más mi situación, que tú.
La desesperación viene de noche y sólo de noche. Las horas no son tan largas cuando entre la conciencia y el ensueño vienen a mí las imágenes de velocidad. Mi habitación de pronto se queda sin paredes, pues los muros son derribados por vahos y velos fantasmales que flotan devorando, entonces el trance comienza.
El techo y las aristas de los objetos alrededor de mi cama, se vuelven líneas que abarcan el horizonte, largas, alcanzando nada porque las líneas nunca se acaban, se pierden en un punto lejano. Los colores se vuelven jaleas de manzana, de durazno, de naranja, y se escurren. Mi pecho se llena de aire y entonces pienso que estoy a punto de sufrir un ataque al corazón. Con el tiempo me he dado cuenta que lo que veo y siento es la velocidad.
 
Entiendo con semejante calma, que la velocidad no cambia, sino que mi cuerpo es el que cambia su manera de sentirla, la manera de palpar el tiempo en la piel. No me refiero al tiempo de decadas que pasan por la política, los edificios o la historia, me refiero al tiempo real, el que cuando te das cuenta que son las 9:36, y sientes y finalmente eres conciente de que vives en las 9:36 de este instante, de pronto dejan de ser las 9:36 y entonces el tiempo pasa a convertirse en 9:37, otra conjunción de números, otra idea de significante/significado, otro sentido a la vida, otra perspectiva, porque ya eres un minuto más viejo y has dejado escapar un minuto que creías que tenías atrapado entre las manos y no era así.
A esa velocidad me refiero.
Cuando suceden las líneas y las aristas y las jaleas, mi cuerpo se convierte y percibe la velocidad del tiempo de una manera distinta, de una manera más rápida y cruda, sin las ataduras de la razón o la vergüenza o la humanidad… la velocidad me avisa que me estoy convirtiendo en animal.
 
Ahora, con mucho cuidado trataré este tema contigo. Sé que puedo dedicarte mis más profundos pensamientos sin un asomo en tu rostro de desprecio, pero seré cuidadosa.
 
Soy un lobo.
 
No tengo conciencia de cómo contraje esta enfermedad y mucho menos tengo idea de cómo quitarmela, sólo sé que soy un lobo. He tardado meses, quizá un año completo, en comprender que lo que me sucede antes de dormir es una transformación natural, una respuesta de mi cuerpo a algun cambio exterior, a cierto estímulo que todavía no he descubierto.
 
Verás, no sucede todas las noches, pero sí con mucha frecuencia. Tres veces a la semana quizá. Sólo de noche y antes de dormir.
 
No me costó mucho trabajo comprender que se trataba de un lobo en el animal en el que me convertía. Lo que yo interpretaba como sueños o síntomas de sonambulismo, no lo eran en realidad; yo pensaba que soñaba, pero lo estaba viviendo cada noche, sin concienca humana, pero con instintos, premoniciones, corazonadas, agallas, nervios, todo aquello que tendemos a ignorar cuando somos muy adultos.
 
Me asusta el cambio. En realidad no sé cómo se ve mi cuerpo cuando sucede la transición, ni me he visto a un espejo cuando estoy en el cuerpo de ese lobo, pero aunque me asusta este desbalance químico que con mucho trabajo estoy aprendiendo a controlar, disfruto algunos aspectos de ser una bestia. Te enlistaré algunos y explicaré por qué.
 
Correr.- He analizado mis recuerdos con lupa (qué palabra tan irónica para utilizar en este contexto) de psicólogo. Sé que me dirás que correr es el símbolo de huir, de abandonar lo que no se puede resolver, de cobardía, y estaría deacuerdo contigo, pero en mi “sueño/transformación” percibo distinto el miedo y la cadena de mis acciones.
Como soy lobo, tengo cuatro patas. Cuatro flexibles, frágiles y rápidas patas que no he tenido problema en coordinar. Correr es increíble, la sensación de utilizar todo el cuerpo para moverme, la resistencia de mi cuerpo, el peso que se balancea con mi cola enorme y esponjosa, correr en cuatro patas es una sensación indescriptible. El aire mismo me ayuda a deslizarme, me empuja, es uno conmigo, el aire es el elemento propio de la acción de correr, cuando corro lo hago por él, corremos juntos y nunca estoy solo.
Ah, sí. Aunque soy mujer, cuando cambio, soy un ejemplar de lobo macho. Soy lobo y no loba.
De aquí discierno que ese es un punto débil de la evolución del hombre. El hombre ha perdido la capacidad de hacerse uno con su etorno, su raciocinio no le permite comprender con el corazón que los elementos son uno con nuestro cuerpo, que si explotaramos el agua que contiene nuestro cuerpo, el fuego interno que se desata al frotar las carnes, o el aire que traemos en el cerebro cuando imaginamos, podríamos ser invencibles y ser uno con lo natural. Con el tiempo hemos roto ese eslabón y ya muy pocos humanos que viven, lo saben.
 
La noche.- En mis episodios, la noche no implica un enemigo, sino la función de abrigo. Es el espacio libre en medio de los ojos de todos, pero cuando ese espacio está oscuro es como si no existiera y entonces cuando soy lobo, un patio oscuro, una calle negra o un campo de noche, se convierten en lugares mágicos que están, pero no están.
Existen ahí, pero si no están a la vista de unos ojos, cualquier par de ojos (de animal, de humano, de una estatua de piedra), es como si no existieran. Y entonces el pasillo de una vecindad se vuelve un universo, una habitación sin luz es una jungla, y todos estos lugares son mi abrigo. No tengo miedo.
 
La luna.- Al principio pensaba que mis transformaciones estaban ligadas al ciclo lunar. Asociaba que siendo mujer, mi círculo menstrual, mi extraño convertir, mi desbalance químico y biológico, tenían que ver con la luna y este lobo. Pero ahora no estoy tan segura. Mi cambio se debe a otro estímulo que sospecho que no es la luna.
Sin embargo, cuando estoy de bestia, el satélite natural se vuelve algo así como mi Dios.
Como dije, mis sentidos cambian rotundamente y entonces percibo distinto, olores más agudos, sonidos más graves y mi vista más nítida, más abierta a 360 grados del alcance de mis ojos. Entonces cuando volteo al cielo y veo la luna siento un mareo que me eriza el pellejo. Siento que es un honor para mi alcanzar a verla, que ella se deja admirar por mi, que me presume su redondez, su perfección y yo me siento pequeño aquí en la tierra. Su luz es inmensa y de un color muy particular, parecido al plateado. Siento que mis ojos de humana nunca habían percibido ese color, es un brillo nuevo para mí, creo que es un color que el ojo del hombre no nos permite percibir.
Cuando la luna está colgada entre las nubes me llena una felicidad que no comprendo y entonces proviene el auillido.
 
Aullar.- Lloro, para mi es como un llanto, pero no siento tristeza. Supongo que desde que los animales no razonan, no podrán catalogar los sentimientos y entonces, se siente lo que yo siento al aullar: una revoltijo de todos los sentimientos juntos, un collage de dolor, placer, miedo, soledad, rabia… puros sentimientos primarios, cuando eres animal no existe la nostalgia o el amor, sólo lo primigenio, lo primordial de todo.
Antes de aullar se siente un bramido, como la esencia del sonido que nuestros organos producen. Es sentir un temblor desde el estómago, a través de la tráquea, los pulmones, la garganta, la lengua, los labios, y ese temblor, ese bramido muta y cuando llega a la boca, sale agudo y como un lamento. Es todo lo que me permite mi anatomía, es lo único armónico de mi ser, lo único que puedo producir y lo más parecido al arte que mi concienca humana puede concebir en una bestia.
 
Por ahora, esto abarca lo más impresionante de mi cambio y en lo que quisiera ahondar una vez que me vengas a visitarme o pueda yo escaparme a las montañas de Monserrat.
Sé que mi bestia sería feliz allá arriba, planeo regresar.
 
Sé que mi carta te tomará por sorpresa, sé que intentarás venir de inmediato para saber si no he sufrido de fiebres extrañas durante mis excursiones a la Antártida, pero también sé que sabes que no miento. Esto que te escribo es una verdad absoluta.
 
No sé aún cómo he logrado regresar todas las noches a mi habitación, no entiendo cómo puedo trepar la ventana y postrar mi enorme cuerpo de cuadrúpedo sobre la cama, no entiendo cómo es que nadie me ha visto vagar inquieto por las calles de ciudad. No me explico muchas cosas y esa es la incertidumbre que más me afecta.
He aprendido a lidiar sola con los  cambios y las sensaciones, años de ser mujer, años de menstruar me han enseñado a escuchar a mi cuerpo, pero la lógica me está fallando.
Estoy perdiendo el hilo entre la realidad, el sueño, la noche y mis instintos. No quiero pensar si he matado durante mis horas de bestia, no sé si hay alguien más como yo, no quiero pensar en que es posible que ande persiguiendo perros callejeros por las plazas de Port de Clichy. Hay cosas que prefiero seguir ignorando.
 
Con esto dicho me he quitado un enorme peso de encima. Te concedo pensar lo que quieras de mi, entenderé si piensas que me he vuelto loca o que quiero tomarte el pelo.
La verdad es que es lo que menos importa.
 
Espero tu respuesta con impaciencia.
 
Tuya,
 
Lizabeau de Roubaix
Hospital de Saint Claire, de las Hermanas Negras de la Orden Sanagustina.

One Response to “Carta al Señor Isidraux Guadalupus de Magnificat”

  1. malvargas

    Hermosa, necesitamos hablar.

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