Hoy vimos a un muerto

Posted On 27 septiembre 2009

Filed under catársis, fotografía, India, miedos, viajes

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Hoy vimos a un muerto. Fue en la carretera. Acabábamos de salir de Fatehpur Sikri y había un montón de gente a la orilla que miraba a un hombre recostado sobre el asfalto, en medio del camino. De lejos vi primero la motocicletita, como doblada en dos, y más adelante un hombre. Estaba acostado, con el torso vuelto hacia un lado y la parte de abajo vuelta para el otro lado, una pierna estirada y la otra la tenía a la altura del hombro, quebrada por supuesto, como si estuviera viendo su pie. Mahinder detuvo un poco la camioneta y vimos que su cabeza estaba sobre un charco de sangre y los ojos abiertos, enormes como todos los hindúes, enormes y abiertos.

Cuando se me salió en voz alta decir “oh, my god, he’s dead” tuve un impulso que por poco no puedo frenar: el de tomar la cámara y disparar.

Era un escenario puesto para nosotros, desde el auto podía tomar las fotos que quisiera porque estábamos muy cerca, pues las carreteras son muy angostas y el cuerpo del hombre estaba justo en el centro de los únicos dos carriles. Me detuve, no sé cómo, vaya, no sé muy bien con qué argumentos pensaba tomar esas fotografías, ¿para qué las quería?, ¿por qué querría yo retener la imagen de ese muerto en particular?, ¿bajo qué idea pensaba llegar a casa, bajar esas fotografías a mi computadora y verlas?, ¿qué quería?

Pensé, justificándome, que se trataba de una imagen poderosa, que la composición de la fotografía estaba ya hecha, que el retrato poderoso tomaba forma solo, que yo no lo había dispuesto así, que yo no había causado el accidente y sin embargo yo estaba ahí para fotografiarlo y retenerlo para siempre.

La gente alrededor, las mujeres en sus saris de todos los colores del arcoíris, los hombres con sus turbantes rojos observando el reciente cadáver, la motocicleta, el charco de sangre y sus hilitos que se escurren por las grietas del concreto atravesando las líneas amarillas de la carretera; a un lado, el camión que lo había impactado, entre el camión y el cuerpo, estaba el chofer que gesticulaba tanto y casi gritaba en su dialecto cosas que yo no entendía pero que traducía a enunciados de susto como “no lo vi, se me atravesó” o “intenté frenar pero ya no pude”. Todo estaba ahí, servido, y yo con una cámara en la mano dispuesta a sacar una fotografía de diez megas de aquel teatro macabro viviente, con la cámara encendida y el dedo sobre el disparador.

Me detuve, no sé cómo y no sé muy bien todavía por qué.

Me dediqué a ver los ojos del muerto, no un hombre, sino un joven, un chico de unos 17 o 19 años, guapo, moreno y con los ojos claros, verdes como de fondo de las botellas de cocacola. Mahinder, que se había detenido por unos minutos para satisfacer su propio morbo, continuó conduciendo, diciendo que esto pasa siempre, que las carreteras están llenas de ciclistas y motociclistas que a veces es difícil esquivar.

Todo el camino me la pasé pensando en el muerto, en la cabeza me hablaba una voz que se parecía a la de Gael García (no sé por qué) que me dictaba un texto larguísimo sobre la muerte y los llantos, y mi retahíla periodística comenzaba como este mismo texto: Hoy vimos a un muerto.

Siento que cada día aquí es de re-conocer algo cotidiano pero a la vez ajeno a nuestra realidad en México, es decir, he visto muertos con mis propios ojos y a través de mi trabajo. Decir que ver a este muerto fue especial, es cruel, pero de cierta manera lo fue… Me dio un patrón de pensamiento para otros casos semejantes.

Cuando murió mi abuelo, prácticamente frente a mis ojos, tuve también el impulso de fotografiarlo muerto. En ese momento no sabía por qué sentía esa necesidad de fotografiar a las personas muertas, y ni Gino Addi pudo ayudarme, él que sin duda sí retrató a su abuelo muerto, y quien hasta donde tengo entendido, tiene ese rollo de 35 mm todavía sin revelar.

Me doy cuenta que él no supo tampoco bajo qué argumentos estaba tomando esas fotografías, pero sin duda fue más allá que yo, él sí las tomó, aunque luego no haya querido verlas. Su impulso fue mayor y fue hasta después que tuvo tiempo de pensar todo esto que yo pienso ahora, cuando decidió no revelarlas.

Yo tuve un impulso racional que me hizo decidir no fotografiar a la muerte (eso es)… lo que no sé todavía es si fue por temor o por respeto.

Punjabi

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