La bibliotequita me lleva a Rajastán

Posted On 20 septiembre 2009

Filed under India, Literatura, obsesiones, viajes

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Este texto lo tomo del 12 de septiembre del 2006, de un antiguo oxiborick, para revestirlo y embarrarlo del nuevo oxiborick.

“”290. Como a los diez descubrí una biblioteca cerca de la casa de güelitos. Era un edificio chiquito detrás de unos árboles, en la plaza donde una mañana encontraron a un ahorcado, justo en la esquina de Michoacán y 16 de Septiembre.
Fui por curiosidad primero, porque nunca había estado en una biblioteca y luego ya fui por indulgente, porque ahi, uno podía quedarse entre los pasillitos, sentado en el piso a leer todo el libro que se le antojara. A la señora que cuidaba los libros, como que no le importaba mucho si me acostaba debajo de las mesas a leer, porque era más cómodo y también porque nunca nadie iba, entonces nunca tuvo que hacerme: “shhh!!” cuando recitaba en voz alta las líneas de Josephine de las novelas de Louisa May Alcott. Era más bien una biblioteca echada a perder, pero para mí era el oasis en medio de la colonia Nuevo Repueblo.

Una tarde, mis ojos se posaron sobre un libro de pasta verde, en cuya portada se leía la palabra: GANESHA, y ya desde ahí, mi neurosis por la investigación, obsesión contraproducente, según mi hermano Frank. De ahí y a los diez años, mi primera picazón por saber y mi manera de rascarme era leyendo, buscando, consultando y pasando horas en esa bibliotequita rascuache que me quedó chica cuando ya no había más libros por leer, cuando me había devorado todas las novelas, las antologías, los cuentos, las revistas, los tratados y manifiestos, cuando ya no había libros en mi mundo y yo todavía con tantas ganas de leer.

Me despedí de la bibliotequita y me fui a buscar libros sobre Bharat Varsh, sobre la trinidad hindú Brahma, Shiva y Krishna, sobre las leyes de Manú, los Vedas, los Upanishads, me fumé durante mucho tiempo el Ramayana, porque me enamoré de Rama, me leí el Mahabharata y todo lo anoté en una libreta. En su momento, no supe por qué estaba escribiendo todo lo que iba aprendiendo, supongo que para no olvidarlo o tal vez porque en ese tiempo no podía comprar libros… Anotaba las jerarquías de los Dioses Hindúes, las características de las divinidades, que si tenían ocho brazos, que si iban montados sobre un elefante blanco, que si tenían tantos ojos o tales y cuales poderes.
Cuando sentí que ya no había más que investigar, que ya todas las palabras eran familiares para mí, después de hacerle pasar vergüenzas a mi mamá porque andaba con mi tercer ojo en la frente hasta para ir a la escuela, decidí que ya lo había leído todo sobre la India. A los diez años terminé mi propio libro sobre la India, un recopilado de fotos, recortes e información de todo lo que leí.

Y así sucesivamente, durante todos estos años he tenido mis altibajos investigativos, mis obsesiones por saberlo todo y leerlo todo. Después de la India, fue la astronomía, la II Guerra Mundial, Ucrania, la cultura persa, todas las mitologías habidas y por haber, los panteones griegos y romanos, la cultura celta, las magias, Alemania, Edgar Allan Poe, la Divina Comedia y así. Sé cosas que me sirven y cosas que no, temas que puedo usar en conversaciones casuales, sé las rutas marítimas, conozco la vida entera de Lovecraft, sé navegar un barco aunque nunca lo haya hecho, sé cómo leer la mente, yo estuve de carrillera en Durango durante la revolución mexicana, sé las calles de Londres, sé dónde se hace el mejor mate en argentina y sé realizar una operación a corazón abierto.

A todo esto, vengo a culparme hoy de mi obsesión por Madagascar y por los Merinas y su reina tercera, a culparme de que ya no puedo andar escribiendo manuales prácticos de cada tema que se me ocurra investigar y me entristece no poseer Madagascar como Madagascar, sino como un libro sobre Madagascar.
Vengo a acusarme de haberme quedado tanto tiempo sentada leyendo y nunca haber salido a pedir aventón en la carretera, para ver si pasa alguien que vaya para Madrás o cerquita, porque me dirijo al Taj Mahal desde los diez años y ya se me hizo tarde porque ya han pasado catorce. Me acuso de siempre atarme un pie a la casa y a mi familia, de nunca decir “what the hell, ya me voy”, de nunca haber usado mis conocimientos sobre proa-popa-babor-estribor, me acuso de siempre anclarme.

Que triste, no?””

One Response to “La bibliotequita me lleva a Rajastán”

  1. Naren Herrero

    Esto me recuerda a un chiste de Quino, en que un hombre mayor, sentado en medio de su inmensa biblioteca personal (de dos pisos, con escaleras incluso para llegar a las filas de arriba, con libros abiertos sobre la mesa y pilas de libros en el suelo…), con las gafas en la mano y gesto de confusión dice: ‘¿Y ahora que sé tanto, qué?’.

    Me gustó el artículo, sobre todo lo de India.

    Naren

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