Rápido, rápido, rápido

Posted On 13 septiembre 2009

Filed under cotidianeidad, miedos, sangre

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Abrí la puerta del baño y sentí olas de asco cuando vi el charco de sangre negra. En medio del reguero estaba de pie con un chorro de sangre brotando como fuente (literal), la presión de la vena hacía un arco negro en el aire y ella no hablaba nada.

Lo primero que pensé fue en hacer un torniquete, salí a la habitación y vi una sábana, un pedazo de colcha, muchas blusas, hasta que di con el pantalón de una pijama azul. Me las arreglé para tapar la herida con una mano y enrollar una pierna del pantalón de la pijama con la otra mano y los dientes; si dejaba de presionar la herida el chorro de sangre me hubiera pegado en la cara. Le hice un nudo en el talón, otro en el empeine y otro en el chamorro. Sangre adentro de la regadera, en el piso, en la parte baja de las paredes, todo el azulejo chorreante.

¿Qué pasó?, ¿cómo es posible que salga tanta sangre en tan poco tiempo?, rápido, ¿qué más?, ¿qué sigue?, levantar la pierna.

La saqué del baño y no hablaba, no decía nada, no recuerdo siquiera haberle visto la cara, no podía dejar de sentir asco. Mi cerebro estaba pensando rapidísimo, era como si estuviera en una carrera, me sentí como en un rally, como si estuviera en “Cien mexicanos dijeron” y tuviera que dar la respuesta correcta en menos de veinte segundos. Rápido, rápido, rápido. ¿Qué sigue en las clases de primeros auxilios? Rápido. Asco, Rápido. La acosté en la cama, todavía escurriendo porque acaba de salir de la regadera, y estaba a medio vestir.

Ambulancia. ¿Cuál es el número? 911!!! No mames, claro que no (fue el primer número que me vino a la mente, lo juro). Entre las ganas de vomitar y mis piernas temblando, enfoqué la mente en la barra derecha de la sección Seguridad Pública, donde tenemos un Include que dice “¿Qué número es?”. 040, 060, 065, ¿¿¿¿¿¡¡¡¡¡¡¡¡cero qué!!!???

No entendí lo que me dijo la señorita cuando me contestó, es que no sabía qué decir, no me acordaba el nombre de mi calle, ni la calle con la que cruza; en mi mente había una sopa de letras y números que hacían fila a sus antojos y decían: “Paseo 57 del Valle 64790, en contra esquina del 32, número Marquez”. No me acuerdo de nada.

Supe que tenía que subir otra vez a ver si no estaba inconsciente, pero no quería subir. Tanta sangre, tanto de ese silencio pesado de emergencia, en que no se puede dar consolación sino actuar rápido rápido rápido siempre. “Si subo, le voy a vomitar encima”, pensé muchas veces.

Tomé un vaso con agua y me dispuse a subir las escaleras, pero no contaba con que las piernas no me respondían, levantar un pie me costaba mucho trabajo, levantar el otro era inútil. ¿Qué pasa?, ¿de dónde viene este concreto que se me pega a los zapatos?… y un mareo mientras subo.

La vi ahí con la mirada de animal muriéndose y la pierna levantada. Putamadre, la ambulancia no va a llegar. Me cambié de blusa y pantalón en un segundo, sentí que mi rapidez era inhumana. Tomé la bolsa, las llaves del carro y le dije: Vámonos, la ambulancia no va a llegar.

Entonces fue cuando la sangre comenzó a detenerse, mi torniquete de Dios ayudó, y el chorro se detuvo. Llamé y llamé y vinieron. La señora del aseo limpió la sangre en cuanto llegó y yo me aparté, excusándome para ir a lavarme las manos y los pies.

Mientras me enjuagaba la masa roja que se me pegó entre los dedos, vinieron otra vez las naúseas y corrí al baño.

El yoga, respira, respira, cuatro tiempos, cierra tu garganta, házlo profundo y entonces vino el viaje. Con la mitad del cuerpo sobre la taza del baño, boca abajo, me dispuse a respirar. La conciencia de las cosas, de mis manos a medio lavar, del baño embarrado de una sangre guinda, oscura, y de la herida derramandola, fue alejándose como en un viaje por el universo. Todo se iba, la sangre flotaba porque no hay gravedad en los pensamientos, yo movía mis dedos que todavía escurrían, todo se alejaba entre los astros, los puntitos brillantes que son planetas, o estrellas o constelaciones. Todo se alejaba mientras respiraba.

Después vino el sonido de jungla. Sentía que mi cabeza estaba entre dos junglas: una en la oreja derecha y otra en la izquierda, y ambas me aplastaban con sus sonidos de grillos nocturnos, de monos entre las ramas, hierba que se movía con el viento, serpientes (yo creo) que cariciaban la arena. La noche por sí misma tiene un sonido imperceptible de lo negro pasando, de viento con forma de líneas, hojas, lluvia lejana. “Es la jungla”, pensé, “¿por qué hay sonido de jungla en el baño?”.

Abrí los ojos y estaba todavía sobre el baño. Creo que me bajó la presión o me desmayé, porque cuando abrí los párpados todo era oscuro, poco a poco la oscuridad se difuminaba de alrededor de mi vista y entró la luz. Fue como tener un obturador en los ojos que funcionaba a una velocidad lenta.

Reí, pero vinieron otra vez las náuseas. Me quedé un rato en el baño, hasta que mejor salí a buscar a la ambulancia (que por cierto, nunca llegó).

Ya no estabamos solas, vi cuando llegó más gente a tratarle la herida y le preguntaban cosas, y yo nomás de lejos veía, decidí alejarme de su olor a muerte, de su vulnerabilidad, de su otro yo que comprende un cuerpo mortal, frágil, y esa horrible facilidad que tenemos todos para perecer de un minuto a otro.

 

 

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