El mar en la cajuela, un sueño
En el momento de mayor adrenalina abrí la cajuela del auto de un golpe rápido, pum. Se acabó la música que andaba en mis orejas y el viento de los precipicios me atrajo, burlándose de mi firmeza.
Ahí, adentro de la cajuela del auto estaba el mar, un océano profundísimo e imposible debido al tamaño del vehículo sedán, cuatro puertas, seis caballos de fuerza.
El mar en el maletero de un auto, el mar otra vez como en todos los sueños, el mar apaciguado, azul claro en las olas de la superficie, azul rey más al fondo y negrísimo detrás de todo.
Flotando en la cajuela estaba su cadáver, traía puesto el traje con el que lo enterraron y flotaba dormido, arrullado por cientos de sirenas con los torsos desnudos, senos rebosantes, otras con senos adolescentes, duros, aguados y todos los senos flotaban, sus pieles blancas y verdes brillantes daban colores de lentejuela en el océano pacífico de aquel Volkswagen.
Sus colas de pescado le acariciaban las bastillas del pantalón, se enredaban en sus brazos inertes, le sobaban los cabellos que le flotaban como algas, todo moviéndose a un ritmo de vals, como sólo las olas saben bailar.
Qué hermoso entre olas, sirenas y el universo estrellado, todo ahí empacado en el maletero del auto, una tumba móvil, un ataúd natural a 120 kilómetros por hora.
7 diciembre 2011